AÑO 2017


Este blog contiene casi todos los materiales de lectura del curso de Introducción a la Teoría Literaria.

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Grupo A -martes y viernes de 10 a 12.30hs -
Prof. Adj. (int.) Dra. Claudia Pérez, Col. Hon. Maite Vanesa Artasánchez

Horario de consulta: miércoles de 17.30 a 18.30hs.



Grupo B - miércoles y viernes de 18.30 a 21hs.
Asist. Pilar de León, Ayud. Stefan Martchenko



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Maite Vanesa Artasánchez - maitevanesa@gmail.com

Pilar de León - piludeleon@gmail.com

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Programa - Indice de Lecturas 1er. parcial




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16 jun. 2016

Fragmento de "El SIDA y sus metáforas"

 I
Con metáfora quería decir entonces nada más ni nada menos que la más antigua y
sucinta definición que conozco, la de Aristóteles (en Poética, 1457b). «La metáfora consiste en
dar a una cosa el nombre de otra.» Decir que una cosa es o que es como algo que no es
constituye una operación mental tan vieja como la filosofía y la poesía, el caldo de cultivo de
la mayor parte del entendimiento, inclusive el entendimiento científico y la expresividad.
(En testimonio de lo cual prologué mi polémica contra las metáforas de la enfermedad, hace
diez años, con una breve, florida y turbulenta metáfora, paródico exorcismo del poder de
seducción propio del pensamiento metafórico.) Desde luego, no es posible pensar sin
metáforas. Pero eso no significa que no existan metáforas de las que mejor es abstenerse o
tratar de apartarse. Como también, claro está, todo pensamiento es interpretación. Lo que
no quiere decir que a veces no sea correcto estar «en contra» de la interpretación.
Tomemos, por ejemplo, una metáfora tenaz que ha conformado (y oscurecido el
entendimiento de) tantos aspectos de la vida política del siglo. Me refiero a aquella que distribuye
y polariza las posiciones y los movimientos sociales en una «izquierda» y una
«derecha». Estos términos se remontan habitualmente a la Revolución francesa, al orden de
distribución de los escaños en la Asamblea Nacional en 1789, cuando los republicanos y
progresistas se sentaban a la izquierda de la autoridad presidencial, mientras que los
monárquicos y conservadores lo hacían a la derecha. Pero la memoria histórica, por sí sola,
no explica la asombrosa longevidad de esta metáfora. Más probable parece que su
persistencia en el habla política hasta el día de hoy se deba a la pertinencia con que, para la
imaginación moderna, secular, las metáforas nacidas de la orientación espacial de nuestro
cuerpo —izquierda y derecha, arriba y abajo, adelante y atrás— describen los conflictos
sociales, práctica metafórica que por cierto agregó algo nuevo a la sempiterna descripción
de la sociedad como una suerte de cuerpo perfectamente disciplinado regido por una
«cabeza». Esta ha sido la metáfora dominante para la política desde Platón y Aristóteles,
quizá por lo útil que resultaba para justificar la represión. Más aún que la comparación con
una familia, comparar la sociedad con un cuerpo hace que el ordenamiento autoritario de
la sociedad parezca inevitable, inmutable.
Rudolf Virchow, el fundador de la patología celular, nos da uno de los pocos
ejemplos científicamente significativos del proceso inverso, cuando emplea metáforas
políticas para hablar acerca del cuerpo. En las controversias biológicas de los años 18501860,
Virchow sintió que la metáfora del Estado democrático le venía de perilla para apuntalar
su teoría de la célula como unidad fundamental de la vida. Por compleja que sea su
estructura, los organismos son en primer término sencillamente «multicelulares» —
multiciudadanizados, por así decirlo; el cuerpo es una «república» o un «Estado
unificado». Virchow era una oveja negra entre los científicos retóricos, y en gran medida ello
se debía a sus metáforas políticas, metáforas que, según los criterios de mediados del siglo
XIX, eran antiautoritarias. Pero comparar el cuerpo con una sociedad, tanto si es
democrática como si no, es menos común que compararlo con otros sistemas, igualmente
integrados y complejos, como por ejemplo una máquina o una empresa económica.

En los comienzos de la medicina occidental, en Grecia, algunas metáforas importantes
sobre la unidad del cuerpo provenían de las artes. Una de ellas, la armonía, fue objeto de
sorna varios siglos más tarde por parte de Lucrecio, que compuesto de órganos esenciales e
inesenciales, y tampoco reconocía la materialidad del cuerpo, es decir, la muerte. He aquí
cómo Lucrecio termina descartando la metáfora musical —el embate más antiguo que
conozco contra el pensamiento metafórico sobre la enfermedad y la salud:

No todos los órganos, compréndeme,
Tienen la misma importancia,
Ni depende por igual la salud de todos ellos.
Pero hay algunos, la respiración,
La cálida vitalidad, que nos tienen vivos;
Que cuando faltan quedamos moribundos.
Mente y espíritu son así partes del hombre:
Que los músicos retengan la palabra
Que les llegó de Helicón —o quizás
En otra parte la encontraron y aplicaron
A lo que en su oficio nombre no tenía
Me refiero a la armonía. Sea lo que sea
Devolvámosla a los músicos.
De Rerum Natura, III, 124135

Una historia del pensamiento metafórico sobre el cuerpo con semejante nivel de
generalidad debería comprender muchas imágenes tomadas de otras artes y tecnologías,
en particular de la arquitectura. Algunas metáforas se explican por sí mismas, como la
sermonaría (y poética) idea que enunciara san Pablo acerca del cuerpo como templo. Algunas
contienen un considerable eco científico, como la del cuerpo como fábrica, imagen de
un cuerpo que funciona bajo el signo de la salud, o como la del cuerpo como fortaleza,
imagen del cuerpo en la que figura la catástrofe.
La imagen de la fortaleza tiene una larga genealogía precientífica, en la que la
propia enfermedad aparece como metáfora de la mortalidad, de la fragilidad y
vulnerabilidad humanas. John Donne, en su gran ciclo de arias en prosa sobre la enfermedad,
Devotions upon Emergent Occasions (1627), escrito cuando creía que se estaba muriendo,
describe la enfermedad como un enemigo que invade, que pone sitio a la fortaleza del
cuerpo:
Estudiamos la Salud, y deliberamos acerca de lo que comemos, y bebemos, y
respiramos y nos ejercitamos, y tallamos y pulimos cada piedra que constituye ese
edificio; y así nuestra Salud es un trabajo largo y regular; Pero en un minuto un
Cañón lo derriba todo, lo desmorona todo, lo demuele todo; una Enfermedad
imprevista a pesar de toda nuestra diligencia, insospechada a pesar de toda
nuestra curiosidad....
Algunas partes son más frágiles que otras: Donne se refiere al cerebro y al hígado,
que pueden soportar el sitio de una fiebre «no natural» o «rebelde» capaz en cambio de
«hacer estallar el corazón, como una mina, en un minuto». En las imágenes de Donne, lo que
invade es la enfermedad. Puede decirse que el pensamiento médico moderno comienza
cuando la grosera metáfora militar se vuelve específica, cosa que sólo hizo posible la llegada
de un nuevo tipo de investigación, la patología celular de Virchow, y la comprensión más

precisa de que las enfermedades se deben a organismos específicos, identificables, visibles
(con la ayuda del microscopio). La medicina se volvió verdaderamente eficaz y las
metáforas militares cobraron nueva credibilidad y precisión sólo cuando se consideró que el
invasor no era la enfermedad sino el microorganismo que la produce. Desde entonces las
metáforas militares han permeado cada vez más todos los aspectos de la descripción de
una situación médica dada. La enfermedad es vista como una invasión de organismos
extraños, ante la que el cuerpo responde con sus propias operaciones militares, como la
movilización de las «defensas» inmunológicas; mientras que la medicina, como en la jerga de
la mayor parte de las quimioterapias, es «agresiva».
Más grosera es la metáfora que sobrevive aún en los cursos de sanidad pública, donde
habitualmente se describe la enfermedad como una invasora de la sociedad, y a los esfuerzos
por reducir la mortalidad de una determinada enfermedad se los denomina pelea, lucha,
guerra. Las metáforas militares cobraron auge a principios del siglo XX, con las campañas
educativas contra la sífilis organizadas durante la Primera Guerra Mundial y, después de la
guerra, contra la tuberculosis. Un ejemplo tomado de la campaña italiana contra la
tuberculosis de los años veinte es un póster titulado «Guerra alle Mosche» (Guerra a las
moscas), que ilustra los efectos letales de las enfermedades transmitidas por las moscas. Las
moscas aparecen como aviones enemigos que arrojan bombas mortíferas sobre la población
inocente. Cada bomba lleva un texto. Una dice «Microbi», microbios. Otra, «Germi della
tisi», gérmenes de la tuberculosis. Otra dice solamente «Malattia», enfermedad. Un
esqueleto, ataviado con capa y capucha negras, cabalga en la primera bomba como
pasajero o piloto. En otro póster, «Con estas armas conquistaremos la tuberculosis», la figura
de la muerte aparece clavada contra la pared por espadas desenvainadas, cada una de las
cuales lleva como inscripción alguna medida para combatir la tuberculosis. En una espada
dice «Limpieza», en otra «Sol», «Aire», «Reposo», «Comida adecuada», «Higiene». (Claro que
ninguna de estas armas tenía el menor efecto. Lo que conquista —es decir, cura— la
tuberculosis son los antibióticos, que no se descubrieron hasta unos veinte años más tarde,
en los años cuarenta.)
En una época era el médico quien libraba la bellum contra morbum, la guerra contra la
enfermedad; ahora es la sociedad entera. En efecto, el aprovechamiento de la guerra para
movilizar ideológicamente a las masas ha conferido eficacia a la idea de la guerra como
metáfora para todo tipo de Campañas curativas cuyos fines se plasman en una derrota de
un «enemigo». Hemos visto guerras contra la pobreza, sustituidas hoy día por la «guerra
contra la droga» y guerras contra determinadas enfermedades, como el cáncer. Puede que el
abuso de la metáfora militar sea inevitable en la sociedad capitalista, una sociedad que
restringe cada vez más el propósito y la credibilidad de las llamadas a la ética y en la que
quien no somete sus propias acciones al cálculo del interés y provecho propios es un necio.
Hacer la guerra es una de las pocas empresas ante las que no se pide a la gente que sea
«realista»; es decir, que tenga presentes el costo y los resultados prácticos. En una guerra
abierta el gasto lo es todo, no exige prudencia; la guerra es, por definición, una emergencia
para la que ningún sacrificio es excesivo. Pero las guerras contra las enfermedades no
consisten simplemente en una llamada a que se preste mayor atención o a que se dedique
más dinero a la investigación. La metáfora militar sirve para describir una enfermedad
particularmente temida como se teme al extranjero, al «otro», al igual que el enemigo en la
guerra moderna; y el salto que media entre demonizar la enfermedad y achacar algo al
paciente es inevitable, por mucho que se considere a éste como víctima. Las víctimas
sugieren inocencia. Y la inocencia, por la inexorable lógica subyacente en todo término que
expresa una relación, sugiere culpa.

Las metáforas militares contribuyen a estigmatizar ciertas enfermedades y, por ende, a
quienes están enfermos. Precisamente, el descubrimiento de la estigmatización de los pacientes
con cáncer me llevó a escribir La enfermedad y sus metáforas.

Yo misma tuve cáncer, hace doce años, y lo que más me enfurecía —y me distraía de mi
propio terror y desesperación ante el sombrío pronóstico de mis médicos— era ver hasta
qué punto la propia reputación de la enfermedad aumentaba el sufrimiento de quienes la
padecían. Muchos de mis compañeros de enfermedad, con quienes tuve ocasión de hablar
durante mis primeras hospitalizaciones, y otros que conocí como paciente externa durante
los dos años y medio siguientes de quimioterapia en varios hospitales de Estados Unidos y
Francia, mostraban su disgusto por la enfermedad, sentían una suerte de vergüenza.
Parecían estar dominados por ciertas fantasías sobre su enfermedad, que para mí nada
tenían de seductoras. Y se me ocurrió que algunas de estas ideas eran contrarias a las
creencias, hoy en día totalmente desacreditadas, acerca de la tuberculosis. Así como con
frecuencia se había considerado sentimentalmente que la tuberculosis acentuaba la
identidad, el cáncer era considerado con visceral revulsión, como una degradación del yo.
Aparecían igualmente ficciones sobre la responsabilidad y sobre la predisposición
caracterológica a la enfermedad: se supone que el cáncer es una enfermedad a la que son
especialmente propensos los derrotados psíquicos, los inexpresivos, los reprimidos —sobre
todo los que han reprimido la ira o el sexo—, tal como durante todo el siglo XIX y parte del
XX (de hecho, hasta que se encontró la manera de curarla) se consideraba la tuberculosis
como una enfermedad típica de los hipersensibles, los talentosos, los apasionados.
Estos paralelos —entre los mitos sobre la tuberculosis que hoy miramos con cierta
superioridad y las supersticiones sobre el cáncer en las que aún creen muchos pacientes y
sus familiares— trazaron las grandes líneas de un librito que decidí escribir acerca de las
mistificaciones que rodean al cáncer. No consideré útil —y yo quería ser útil— contar por
enésima vez, en primera persona, cómo un individuo se enteró de que tenía cáncer, cómo
lloró, luchó, encontró consuelo, sufrió, cobró valor... aunque también ése hubiese sido mi
caso. Una narración, me parecía, sería menos útil que una idea. Para obtener el placer
narrativo, apelaría a otros escritores, y aunque me vinieron a la mente más ejemplos literarios
sobre la seductora enfermedad, la tuberculosis, encontré que el cáncer era diagnosticado
como la enfermedad propia de quienes nunca llegaron a vivir, en libros como La muerte de
Ivan Illich, de Tolstoi, Riceyman Steps, de Arnold Bennett, Diario de un cura de campo, de Bernanos.
Y así fue como escribí mi ensayo, muy rápidamente, acuciada tanto por un celo
evangélico como por la angustia de pensar si me quedaba mucho tiempo por vivir o siquiera
para escribir. Mi propósito era aliviar el sufrimiento innecesario, exactamente como
Nietzsche lo formuló, en un pasaje de Aurora con el que me topé recientemente:
¡Pensar acerca de la enfermedad!—Calmar la imaginación del inválido, de manera
que al menos no deba, como hasta ahora, sufrir más por pensar en su
enfermedad que por la enfermedad misma— ¡eso, creo, sería algo! ¡Sería mucho!
La finalidad de mi libro era calmar la imaginación, no incitarla.