AÑO 2017


Este blog contiene casi todos los materiales de lectura del curso de Introducción a la Teoría Literaria.

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Grupo A -martes y viernes de 10 a 12.30hs -
Prof. Adj. (int.) Dra. Claudia Pérez, Col. Hon. Maite Vanesa Artasánchez

Horario de consulta: miércoles de 17.30 a 18.30hs.



Grupo B - miércoles y viernes de 18.30 a 21hs.
Asist. Pilar de León, Ayud. Stefan Martchenko



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Claudia Pérez - oliviapz@gmail.com

Maite Vanesa Artasánchez - maitevanesa@gmail.com

Pilar de León - piludeleon@gmail.com

Stefan Martchenko - stefanmg7@gmail.com


Bienvenida

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Conviene guiarse por las ETIQUETAS que corresponden a las unidades del curso.


Programa - Indice de Lecturas 1er. parcial




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26 may. 2016

Todorov "Las categorías del relato literario"

Capítulo de Todorov "Las categorías del relato literario" desde pág. 154


https://drive.google.com/file/d/0B-GPqM-CVAWSel9tT2JRVXRoOUU/view?usp=sharing






a  Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje.

https://drive.google.com/file/d/0B-GPqM-CVAWSX25STzR0Z1pNSEE/view?usp=sharing

23 may. 2016

Sor Juana Inés de la Cruz. Lamenta con todos la muerte de la Señora Marquesa de Mancera

 Mueran contigo, Laura, pues moriste,
los afectos, que en vano te desean,
los ojos, a quien privas, de que vean
la hermosa luz, que a un tiempo concediste.





   Muera mi Lira infausta, en que influiste 5
ecos, que lamentables te vocean,
y, hasta estos rasgos mal formados, sean
lágrimas negras de mi pluma triste.

   Muévase a compasión la misma muerte,
que precisa no pudo perdonarte, 10
y lamentó el amor su amarga suerte.

   Pues si antes, ambicioso de gozarte,
deseó tener ojos para verte
ya le sirvieran sólo de llorarte.

El endecasílabo

El endecasílabo



EL VERSO ENDECASÍLABO




Un endecasílabo es un verso cuyo último acento cae en la 10ª sílaba, que es la única posición de acento realmente obligatoria en estos versos. Son versos impares de once sílabas métricas según el cómputo silábico, por lo tanto el acento rítmico debe recaer en los versos pares, con ritmo YAMBICO. Suele haber más acentos importantes además de los rítmicos.



Solo necesita dos acentos o ejes rítmicos, uno obligatorio en la 10ª sílaba y otro el acento rítmico central que varía de plaza según el tipo de endecasílabo. De la plaza del primer acento depende el ritmo de salida que es muy importante para el ritmo del verso.



Consideramos dos grandes grupos según los la posición que ocupen sus acentos: endecasílabo de metro italiano, propios o a maiore y endecasílabos dactílicos, anapésticos, impropios o a minore.



ENDECASÍLABOS DE METRO ITALIANO





ENFATICO 1ª, 6ª, 10ª Máxima intensidad



HEROICO 2ª, 6ª, 10ª Equilibrado, uniforme, serio y solemne



MELODICO 3ª, 6ª, 10ª Suave, armonioso y apacible



SÁFICO 4ª, 6/8, 10ª Baja intensidad, lento y reposado (El sáfico francés lleva acento agudo en la 4ª sílaba)



ENDECASÍLABOS IMPROPIOS



ACENTOS EN 7ª





DACTÍLICO O ANAPÉSTICO: 4ª, 7ª,10ª



GAÍTA GALLEGA: 1ª, 4ª, 7ª, 10ª



3ª, 7ª,10ª



ACENTOS EN 5ª





5ª y 10ª : GALAICO ANTIGUO, que tiene una pausa tras la 5ª sílaba.



3ª, 5ª, 10ª



1ª, 5ª, 8ª



2ª, 5ª, 8ª : ANFIBRÁQUICO



NOTA

Los endecasílabos de metro italiano NO combinan en la misma estrofa con los de los demás grupos.



Todas la combinaciones posibles del endecasílabo con ejemplos:



http://www.prometeodigital.org/Descarga/ruiztorres.doc

20 may. 2016

De una carta de Tolkien sobre su obra

131 A Milton Waldman

Después que Allen & Unwin, presionados a decidirse, declinaron de mala gana publicar
El Señor de los Anillos junto con El Silmarillion, Tolkien confiaba en que Milton Waldman,
de Collins, publicaría ambos libros a la brevedad bajo el sello de imprenta de su
empresa. En la primavera de 1950, Waldman le dijo a Tolkien que esperaba empezar
la composición tipográfica el siguiente otoño. Pero hubo demoras, principalmente por
los frecuentes viajes de Waldman a Italia y por su mala salud. A fines de 1951 no se
había llegado a ningún acuerdo definitivo para la publicación, y Collins empezaba a inquietarse
por la sumada longitud de ambos libros. Aparentemente, fue por sugerencia
de Waldman que Tolkien escribió la carta siguiente -cuyo texto cabal abarca unas diez
mil palabras- con la intención de demostrar que El Señor de los Anillos y El Silmarillion
eran interdependientes e indivisibles. La carta, que le interesó tanto a Waldman que
hizo hacer una copia a máquina de ella (véase el final de N° 137), no está fechada,
pero probablemente se escribió a finales de 1951.


Mi estimado Milton:
Me pide un breve esbozo de mi material que esté relacionado con mi mundo
imaginario. Es difícil decir algo sin decir demasiado: el intento de decir unas pocas
palabras abre una compuerta de entusiasmo, el egoísta y el artista a la vez desean
expresar cómo se ha desarrollado el material, cómo es y qué quiere decir (según él
lo piensa) o está tratando de representar con todo eso. He de infligirle algo de lo
mencionado; pero agregaré un mero resumen de su contenido, que es (quizá) todo
lo que necesita o para lo cual tiene tiempo o disponibilidad.
En orden de tiempo, desarrollo y composición, este material empezó conmigo;
aunque no creo que esto tenga interés para nadie, salvo para mí. Quiero decir, no
recuerdo que haya habido un tiempo en que no estuviera edificándolo. Muchos niños
inventan, o empiezan a inventar, lenguas imaginarias. Yo me dediqué a ello
desde que empecé a escribir.
Pero nunca dejé de hacerlo y, por supuesto, como filólogo profesional (interesado
especialmente en la estética lingüística), he cambiado de gusto, mejorado en
teoría y, quizás, en habilidad. Tras mis historias hay ahora un nexo de lenguas (en
general, sólo esbozadas estructuralmente). Pero a esas criaturas que en inglés llamo
equívocamente Elves245 [Elfos] se les asignan dos lenguas emparentadas más
completas, cuya historia está escrita y cuyas formas (que representan dos aspectos
diferentes de mi propio gusto lingüístico) están deducidas científicamente de un
origen común. Con el material de esas lenguas están hechos casi todos los nombres
que figuran en mis leyendas. Esto da cierto carácter (una coherencia, una consistencia
de estilo lingüístico y una ilusión de historicidad) a la nomenclatura, o así me
245 Con la intención de que la palabra se comprenda en sus antiguas significaciones, que continuaron hasta
Spenser..., malditos sean Shakespeare y sus condenadas telarañas.
lo parece, que falta de modo notorio en otras creaciones comparables. No todos
considerarán esto tan importante como yo, pues padezco la maldición de una sensibilidad
aguda para tales asuntos.
Pero una pasión mía igualmente fundamental ab initio es la que siento por el
mito (¡no por la alegoría!) y, sobre todo, por la leyenda heroica a caballo entre el
cuento de hadas y la historia, de la que no hay bastante en el mundo (que me sea
accesible) para mi apetito. No me había graduado todavía cuando el pensamiento y
la experiencia me revelaron que éstos no eran intereses divergentes -polos opuestos
de la ciencia y la novela- sino integralmente relacionados. No soy «erudito»246
en las cuestiones del mito y los cuentos de hadas, sin embargo, porque en tales casos
(en la medida en que me son conocidas) he estado siempre buscando material,
cosas de un cierto tono y aire, y no simple conocimiento. Además -y espero no parecer
aquí absurdo-, desde mis días tempranos me afligió la pobreza de mi propio
amado país: no tenía historias propias (vinculadas con su lengua y su suelo), no de
la cualidad que yo buscaba y encontraba (como ingredientes) en leyendas de otras
tierras. Las había griegas, célticas, en lenguas romances, germánicas, escandinavas
y finlandesas (que me impresionaron profundamente); pero nada inglés, salvo un
empobrecido material barato. Por supuesto, se disponía y se dispone de todo el
mundo arthuriano; pero, aunque poderoso, está imperfectamente naturalizado,
asociado con el suelo de Bretaña, pero no con el inglés; y no reemplaza lo que siento
ausente. Por empezar, lo «feérico» es en él demasiado pródigo y fantástico, incoherente
y repetitivo. Pero lo que es aún más importante: está implicado en la religión
cristiana y explícitamente la contiene.
Por razones que no he de elaborar, eso me parece fatal. El mito y el cuento de
hadas, como toda forma de arte, deben reflejar y contener en solución elementos
de moral y verdad (o error) religiosa, pero no de manera explícita, no en la forma
conocida del mundo primordialmente «real». (Estoy hablando, por supuesto, de
nuestra presente situación, no de los antiguos días paganos precristianos. Y no repetiré
lo que intenté decir en mi ensayo, que usted ha leído.)
¡No se ría! Pero una vez (mi cresta hace mucho que ha caído desde entonces)
tenía intención de crear un cuerpo de leyendas más o menos conectadas, desde las
amplias cosmogonías hasta el nivel del cuento de hadas romántico -lo más amplio
fundado en lo menor en contacto con la tierra, al tiempo que lo menor obtiene esplendor
de los vastos telones de fondo-, que podría dedicar simplemente a Inglaterra,
a mi patria. Debía poseer el tono y la cualidad que yo deseaba, algo fresco y
claro, impregnado de nuestro «aire» (el clima y el terreno del Noroeste, Bretaña y
las partes más altas de Europa, no Italia ni el Egeo, todavía menos el Este); y aunque
poseyera (si fuera capaz de lograrla) la sutil belleza evasiva que algunos lla-
246 Aunque he pensado sobre ellas no poco.
man céltica (aunque rara vez se la encuentra en los verdaderos objetos célticos antiguos),
debería ser «elevado», purgado de bastedad y adecuado a la mente más
adulta de una tierra ahora hace ya mucho inmersa en la poesía. Trazaría en plenitud
algunos de los grandes cuentos, y muchos los dejaría esbozados en el plan general.
Los ciclos se vincularían en una totalidad majestuosa, y dejaría márgenes para
que otras mentes y manos hicieran uso de la pintura, la música y el teatro. Absurdo.
Por supuesto, un propósito tan abrumador no se desarrolló todo de una vez.
Los cuentos fueron lo primero. Me surgían en la mente como «dados», y a medida
que iban presentándose, los eslabones crecían. Un trabajo absorbente, aunque de
continuo interrumpido (especialmente porque, aparte de las necesidades de la vida,
la mente se trasladaba al polo opuesto y se centraba en la lingüística); no obstante,
tuve siempre la sensación de registrar lo que estuvo siempre «allí», en alguna parte,
no de «inventar».
Por cierto, concebía y aun escribía un montón de otras cosas (especialmente
para mis hijos). Algunas escapaban de los zarcillos de este vasto tema ramificado,
pues no guardaban ninguna relación con él: Hoja de Niggle y Egidio, el granjero,
por ejemplo, las únicas dos que fueron publicadas. El Hobbit, que tiene en sí mismo
mucha más vida esencial, fue concebido de manera del todo independiente; no sabía,
cuando lo empecé, que pertenecía al conjunto fundamental. Pero resultó ser el
medio por el que se descubrió el acabamiento de la totalidad, sU modo de descenso
a la tierra y su inmersión en la «historia». Así como las elevadas Leyendas del comienzo,
según se supone, consideran las cosas a través de las mentes élficas, el
cuento medio del Hobbit adopta virtualmente el punto de vista humano, y el último
cuento los mezcla.
Me disgusta la Alegoría -la alegoría consciente e intencional-; sin embargo, todo
intento de explicar el contenido de un mito o de un cuento de hadas, debe recurrir
al lenguaje alegórico, (Y, por supuesto, cuanta más «vida» tiene un cuento,
más susceptible será de interpretaciones alegóricas; al tiempo que cuanto mejor
hecha esté una alegoría, más fácilmente será aceptable como historia.) De cualquier
modo, todo este material247 trata sobre todo de la Caída, la Mortalidad y la
Máquina. De la Caída, inevitablemente, y ese motivo se da de diversos modos. De
la Mortalidad, especialmente en cuanto afecta el arte y el deseo creador (o, como
yo diría, subcreador), que no parece tener función biológica ni formar parte de las
satisfacciones de la vida biológica corriente, con la cual, en nuestro mundo, está
por cierto generalmente en contienda. Este deseo, a la vez, se relaciona con un
apasionado amor por el mundo primordial real y, por tanto, pleno del sentido de la
247 Concierne fundamentalmente, supongo, al problema de las relaciones del Arte (y la Subcreación) y la
Realidad Primaria.
mortalidad, aunque insatisfecho de él. Tiene varias oportunidades de «Caída». Puede
volverse posesivo, adherirse a las cosas que ha hecho «como propias»; el subcreador
desea ser el Señor y Dios de su creación privada. Se rebelará contra las leyes
del Creador, especialmente en contra de la mortalidad. Ambas cosas (juntas o
separadas) conducirán al deseo de Poder, para conseguir que la voluntad sea más
prontamente eficaz, y, de ese modo, a la Máquina (o la Magia). Por esto último entiendo
toda utilización de planes y proyectos externos (aparatos) en lugar del desarrollo
de las capacidades o talentos inherentes internos, o aun la utilización de estos
talentos con el corrupto motivo del dominio: intimidar al mundo real o reprimir
otras voluntades. La Máquina es nuestra forma más evidente de hacerlo, aunque
más estrechamente relacionada con la Magia de lo que suele reconocerse.
No he empleado la «magia», coherentemente, y, por cierto, la reina de los Elfos,
Galadriel, se ve obligada a reconvenir a los Hobbits por el empleo confuso que
hacen de la palabra tanto en relación con las invenciones y las operaciones del
Enemigo, como con las de los Elfos. Yo no lo he hecho, porque no existe palabra
para designar a las últimas (pues todas las historias humanas han sufrido de la
misma confusión). Pero los Elfos han de demostrar (en mis cuentos) la diferencia.
Su «magia» es Arte, despojada de muchas de sus limitaciones humanas: más fácil,
más rápida, más completa (el producto y la intuición en una correspondencia sin
tacha). Y su objetivo es el Arte, no el Poder; la subcreación, no el dominio y la reforma
tiránica de la Creación. Los «Elfos» son «inmortales», al menos en lo que a
este mundo respecta; y de ahí que se centran preferentemente en los dolores y las
cargas de la inmortalidad en el tiempo y el cambio que en la muerte. El Enemigo,
en formas sucesivas, se centra siempre «naturalmente» en el mero Dominio, y es
también el Señor de la magia y las máquinas; pero he aquí el problema: que este
espantoso mal puede surgir, y de hecho surge, de una raíz buena en apariencia, el
deseo de beneficiar al mundo y a los demás248 -velozmente y de acuerdo con los
propios planes del benefactor-, que es un motivo recurrente.
Los ciclos empiezan con un mito cosmogónico: la Música de los Ainur. Se revelan
Dios y los Valar (o poderes anglificados como dioses). Éstos son, como si dijéramos,
poderes angélicos cuya función consiste en ejercer la autoridad en sus esferas
(de regencia y gobierno, no de creación, hechura o rehechura). Son «divinos»,
es decir, estaban originalmente «fuera» y existían «antes de» la creación del mundo.
Su poder y sabiduría derivan del Conocimiento que tienen del drama cosmogónico,
que percibieron al principio como drama (es decir, como percibimos una historia
hecha por algún otro) y luego como «realidad». Desde el punto de vista de la
248 No es el Iniciador del Mal: la suya fue una Caída subcreadora, de ahí que los Elfos (los representantes de
la subcreación por excelencia) fueran peculiarmente sus enemigos y el objeto especial de su deseo y su
odio, y que también estuvieran expuestos a su engaño. La de ellos era una Caída a la posesividad y (en un
menor grado) a la perversión de su arte para la obtención de poder.
mera narración, por supuesto, esto tiene por fin procurar seres del mismo orden de
belleza, poder y majestad que los «dioses» de la más alta mitología, que puede todavía
ser aceptada... bueno, diremos sin mucho acierto por una mente que cree en
la Santísima Trinidad.
La narración avanza luego velozmente a la Historia de los Elfos o el Silmarillion
propiamente dicho; al mundo tal como lo percibimos, pero, por supuesto, transfigurado
de un modo aún semimítico: vale decir, trata de criaturas racionales encarnadas
de estatura más o menos comparable con la nuestra. El conocimiento del Drama
de la Creación era incompleto: incompleto por parte de cada uno de los «dioses
» individuales e incompleto aunque el conocimiento del panteón entero se amalgamara.
Puesto que el Creador (en parte para dar nueva dirección al mal provocado
por Melkor, el rebelde; en parte para el acabado de todo con fineza de detalle) no
lo había revelado todo. La hechura y la naturaleza de los Hijos de Dios eran los dos
principales secretos. Todo lo que los dioses sabían era que vendrían en el momento
designado. Los Hijos de Dios, pues, están primordialmente relacionados y emparentados,
y primordialmente son diferentes. Dado que también son algo del todo
«otros» que los dioses, en cuya hechura éstos no tuvieron parte alguna, son objeto
del deseo y el amor especiales de los dioses. Ellos son los Primeros Nacidos, los Elfos,
y los Seguidores, los Hombres. El hado de los Elfos es ser inmortales, amar la
belleza del mundo, llevarla a pleno florecimiento mediante sus dones de delicadeza
y perfección, durar mientras ella dura, no abandonarla nunca ni aun cuando se los
«mata», sino retornar; y, sin embargo, cuando los Seguidores llegan, enseñarles,
abrirles camino, «desvanecerse» a medida que los Seguidores crecen y absorben la
vida de la que ambos proceden. El Hado (o Don) de los Hombres es la mortalidad,
la libertad de los círculos del mundo. Como el punto de vista del ciclo entero es el
élfico, la mortalidad no se explica en mitos: es un misterio guardado por Dios, del
que nada más se sabe que «lo que Dios ha propuesto para los Hombres permanece
oculto»: motivo de dolor y de envidia para los Elfos inmortales.
Como digo, el Silmarillion es peculiar y difiere de todas las cosas similares que
conozco, en cuanto no es antropocéntrico. Su centro de visión y de interés no son
los Hombres, sino los «Elfos». Los Hombres intervinieron de manera inevitable:
después de todo, el autor es un hombre, y si ha de tener una audiencia, se constituirá
de Hombres, y los Hombres deben incluirse en nuestros cuentos como tales, y
no meramente transfigurados o parcialmente representados como Elfos, Enanos,
Hobbits, etcétera. Pero permanecen como periféricos: venidos tardíamente, y aunque
van cobrando mayor importancia, no son los principales.
En la cosmogonía hay una caída: una caída de Ángeles, deberíamos decir.
Aunque, por supuesto, muy distinta en cuanto a la forma de la del mito cristiano.
Estos cuentos son «nuevos», no derivan en forma directa de otros mitos y leyendas,
pero inevitablemente deben contener en gran medida motivos o elementos antiguos
ampliamente difundidos. Después de todo, creo que las leyendas y los mitos
encierran no poco de «verdad»; por cierto, presentan aspectos de ella que sólo
pueden captarse de ese modo; y hace ya mucho se descubrieron ciertas verdades y
modos de esta especie que deben siempre reaparecer. No puede haber ningún
«cuento» sin caída -todos los cuentos son en última instancia acerca de la caída-,
cuando menos, no para las mentes humanas tal como las conocemos y las tenemos.
Así pues, prosiguiendo, los Elfos tienen una caída antes de que su «historia»
pueda volverse histórica. (La primera caída del Hombre, por las razones explicadas,
no se registra en parte alguna; los Hombres no aparecen en escena hasta mucho
después de que eso haya sucedido, y sólo se rumorea que, por algún tiempo, cayeron
bajo el dominio del Enemigo, y que algunos se arrepintieron de ello.) El cuerpo
principal del cuento, el Silmarillion propiamente dicho, trata de la caída de los más
dotados de entre los Elfos; su exilio de Valinor (una especie de Paraíso, el hogar de
los Dioses) en el lejano Oeste; su reentrada en la Tierra Media, la tierra de su nacimiento,
desde largo tiempo bajo la égida del Enemigo, y su lucha con él, el poder
del Mal todavía visiblemente encarnado. Recibe su nombre porque los acontecimientos
se entretejen todos de acuerdo con el destino y la significación de los Silmarilli
(«radiación de luz pura») o Joyas Primordiales. La función subcreadora de
los Elfos se simboliza principalmente por la hechura de gemas, pero los Silmarilli
eran algo más que meros objetos de belleza como tales. Había la Luz. Había la Luz
de Valinor, hecha visible en los Dos Árboles de Plata y de Oro.249 Éstos recibieron la
muerte por acción maliciosa del Enemigo, y Valinor quedó a oscuras, aunque de
ellos, antes de morir por completo, derivan las luces del Sol y de la Luna. (Hay aquí
una pronunciada diferencia entre estas leyendas y la mayor parte de las demás,
pues el Sol no constituye un símbolo divino, sino algo segundo en excelencia, y la
«luz del Sol» -el mundo bajo el sol- se convierte en condición de un mundo caído y
fuente de una dislocada visión imperfecta.)
Pero el principal artífice de entre los Elfos (Feanor) había encerrado la Luz de
Valinor en tres joyas supremas, los Silmarilli, antes de que los Árboles fueran mancillados
o muertos. Esta Luz vivió así, en adelante, sólo en estas gemas. La caída de
los Elfos se produce por la actitud posesiva de Feanor y sus hijos en relación con
estas gemas. El Enemigo se apodera de ellas, las engarza en su Corona de Hierro y
las guarda en su fortaleza impenetrable. Los hijos de Feanor hacen un voto terrible
249 En la medida en que todo esto tiene significación simbólica o alegórica, la luz es un símbolo fundamental
de tal índole en la naturaleza del Universo, que apenas puede analizarse. La Luz de Valinor (derivada de la
luz antes de que tuviera lugar caída alguna) es la luz del arte no divorciado de la razón, que ve las cosas a
la vez de manera científica (o filosófica) e imaginativa (o subcreativa) y «dice que son buenas»... y hermosas.
La Luz del Sol (o de la Luna) deriva de los Árboles sólo después de haber sido éstos mancillados por el
Mal.
y blasfemo de enemistad y venganza contra cualquiera, aun contra los dioses, que
clamen derecho de posesión sobre los Silmarilli. Pervierten a la mayor parte de sus
parientes, que se rebelan contra los dioses, abandonan el paraíso y parten a una
guerra sin esperanzas contra el Enemigo. El primer fruto de su caída es la guerra
en el Paraíso, la matanza de Elfos por Elfos; y esto y su maligno voto tiñen todos
sus posteriores heroísmos, generando traiciones y malogrando todas las victorias.
El Silmarillion es la historia de la Guerra de los Elfos Exiliados contra el Enemigo,
que tiene lugar en el noroeste del mundo (la Tierra Media). En ella se incluyen varios
cuentos de victoria y tragedia; pero termina en la catástrofe y el final del Mundo
Antiguo, el mundo de la larga Primera Edad. Las joyas son recobradas (por la final
intervención de los dioses) sólo para ser definitivamente perdidas por los Elfos:
una en el mar, otra en las profundidades de la tierra y la última para convertirse en
una estrella del cielo. Este legendarium acaba con una visión del fin del mundo, su
rotura y reconstrucción y la recuperación de los Silmarilli y la «luz antes del Sol»,
después de una batalla final que, supongo, más debe a la visión escandinava de
Ragnarök, que a ninguna otra cosa, aunque no se parece mucho a ella.
A medida que los cuentos se van volviendo menos míticos y más parecidos a
los cuentos y las novelas, los Hombres se integran en ellos. En su mayoría son
«Hombres buenos»: familias y sus jefes que, rechazando el servicio del Mal y oyendo
rumores de los Dioses del Oeste y de los Altos Elfos, huyen hacia el occidente y
entran en contacto con los Elfos Exiliados en medio de su guerra. Los Hombres que
aparecen pertenecen sobre todo a los de las Tres Casas de sus Padres, cuyos capitanes
se vuelven aliados de los Señores de los Elfos. El contacto de los Hombres
con los Elfos prefigura ya la historia de las Edades posteriores, y un tema recurrente
es la idea de que en los Hombres (tal como son ahora) hay una partícula de
«sangre» o herencia proveniente de los Elfos, y que el arte y la poesía de los Hombres
dependen en gran parte de ella o es ella la que las modifica.250 Hay así dos matrimonios
de mortales con elfos, que se unen posteriormente en la parentela de Earendil,
representada por Elrond, el Medio Elfo que aparece en todas las historias,
aun en El Hobbit. La principal de las historias del Silmarillion y una de las más plenamente
tratadas es la Historia de Beren y Lúthien, la Doncella Elfo.251 Aquí encontramos,
entre otras cosas, el primer ejemplo del motivo (que se vuelve dominante
entre los Hobbits) de que los grandes cursos de la historia, «las ruedas del mundo
», a menudo no son trazados por los Señores o los Gobernantes, ni siquiera por
los dioses, sino por los aparentemente desconocidos y débiles, como consecuencia
250 Por supuesto, en realidad esto sólo significa que mis «elfos» son una representación o aprehensión de
una parte de la naturaleza humana, pero ése no es el modo legendario de hablar.
251 Existe en verdad como un poema de considerable extensión, del que la versión en Prosa que figura en El
Silmarillion es sólo una versión reducida.
[Véase nota introductoria del N° 19]
de la vida secreta que hay en la creación, y la parte desconocida para toda otra sabiduría,
salvo para la Única, que reside en las intromisiones de los Hijos de Dios en
el Drama. Es Beren, el mortal proscrito, el que tiene buen éxito (con ayuda de Lúthien,
una mera doncella, si bien perteneciente a la nobleza élfica) allí donde los
ejércitos y los guerreros habían fracasado: penetra en la fortaleza del Enemigo y
arranca uno de los Silmarilli de la Corona de Hierro. De este modo obtiene la mano
de Lúthien y se lleva a cabo el primer matrimonio entre mortales e inmortales.
Como tal, la historia es una novela de hadas heroica (hermosa y vigorosa, según
creo) comprensible en sí misma con sólo un vago y general conocimiento del
entorno. Pero es también un eslabón fundamental en el ciclo, privado de su plena
significación fuera del lugar que ocupa en él. Pues la recuperación del Silmaril, una
suprema victoria, conduce al desastre. El voto de los hijos de Féanor se vuelve operativo,
y el deseo de la obtención del Silmaril lleva a la ruina a todos los reinos de
los Elfos.
Hay otras historias tratadas casi de modo tan cabal e igualmente independientes,
y, sin embargo, vinculadas con la historia general. Está los Hijos de Húrin, el
cuento trágico de Túrin Turambar y su hermana Níniel, de la que Túrin es el héroe:
figura de la que podría decirse (por gente que gusta de ese tipo de relaciones, aunque
no sirven de nada) que deriva de ciertos elementos de Sigurd el Volsung, Edipo
y el Kullervo finlandés. Está la Caída de Gondolin: la principal fortaleza élfica. Y el
cuento, o cuentos, de Earendil el Errabundo.252 Resulta importante como la persona
que lleva el Silmarillion a su culminación y que, con su descendencia, proporciona
los principales eslabones con los cuentos de la Edades posteriores y con sus personajes.
Su función, como representante de ambas razas, los Elfos y los Hombres, es
hallar un camino en el mar de regreso a la Tierra de los Dioses y, como embajador,
persuadirlos de que tengan en cuenta otra vez a los Exiliados, que sientan piedad
por ellos y los rescaten del Enemigo. Su esposa Elwing desciende de Lúthien y posee
todavía el Silmaril. Pero la maldición aún está en actividad, y la casa de Earendil
es destruida por los hijos de Feanor. Pero esto procura la solución: Elwing, arrojándose
al Mar para salvar la Joya, llega al encuentro de Earendil, y con el poder de
la gran Gema llegan por fin a Valinor y cumplen su cometido. El precio que deben
pagar por ello es que nunca más se les permite volver o vivir otra vez entre los Elfos
o los Hombres. Los dioses entonces se ponen en movimiento otra vez, y un
gran poder llega del Oeste, y la Fortaleza del Enemigo es destruida; y él mismo
[es] arrancado del Mundo y arrojado al Vacío, para que jamás vuelva a aparecer allí
en forma encarnada. Los dos Silmarils restantes son recuperadas de la Corona de
252 Su nombre es de origen anglosajón: earendel, «rayo de luz», que se aplica a veces a 1ª estrella de la
mañana, un nombre de conexiones mitológicas ramificadas (ahora en amplia medida oscuras). Pero eso es
meramente una «nota erudita». En realidad, su nombre es élfico y significa el Gran Marinero o Amante del
Mar.
Hierro, sólo para volver a perderlas otra vez. Los dos últimos hijos de Feanor, obligados
por su voto, las roban y son destruidos por ellas, por lo que se arrojan al mar
y a los fosos de la tierra. El barco de Earendil, adornado con la última Silmaril, se
lanza a navegar por el cielo y se convierte en la estrella más brillante. Así terminan
El Silmarillion y los cuentos de la Primera Edad.
El próximo ciclo trata (o debería tratar) de la Segunda Edad. Pero reina en la
Tierra una edad oscura y no se cuenta (o no es necesario contar) mucho de su historia.
En las grandes batallas contra el Primer Enemigo, las tierras quedaron deshechas
y en ruinas, y el Oeste de la Tierra Media fue una tierra de desolación. Nos
enteramos de que a los Elfos Exiliados, si bien no se les ordenó, se les aconsejó severamente
que volvieran al Oeste y allí se quedaran en paz. No debían morar permanentemente
en Valinor otra vez, sino en la Isla Solitaria de Eressëa, a la vista
del Reino Bendecido. A los Hombres de las Tres Casas se los recompensó por su valor
y por la fidelidad que mostraron con su alianza, permitiéndoseles habitar «al extremo
oeste de todos los mortales», en la gran isla «Atlantis» de Númenóre253 Los
dioses, por supuesto, no pueden cancelar el hado o el don de la mortalidad concedido
por Dios, pero los númenóreanos disfrutan de una larga vida. Se hicieron a la
vela, abandonaron la Tierra Media y establecieron un gran reino de marineros en lo
más lejano que alcanza la vista desde Eressëa (pero no de Valinor). La mayor parte
de los Altos Elfos volvieron también al Oeste. Pero no todos. Algunos Hombres emparentados
con los númenóreanos permanecen en la tierra no lejos de las costas
del Mar. Algunos de los Exiliados no han de regresar o demoran su regreso (porque
el camino hacia el oeste está siempre abierto para los inmortales y en los Puertos
Grises los barcos están permanentemente listos para navegar por siempre). Tampoco
los Orcos (trasgos) y otros monstruos criados por el Primer Enemigo han sido
del todo destruidos. Y está Sauron. En el Silmarillion y los Cuentos de la Primera
Edad, Sauron era un ser de Valinor pervertido y transformado en sirviente del Enemigo,
de quien se convierte en su principal capitán y asistente. Se arrepiente atemorizado
cuando el Primer Enemigo es derrotado por completo, pero al final no
hace lo que se le ordena: volver para ser juzgado por los dioses. Se demora en la
Tierra Media. Se convierte muy lentamente, comenzando por buenos motivos: la
reorganización y rehabilitación de las ruinas de la Tierra Media, «olvidada por los
dioses», en la reencarnación del Mal y en una criatura que anhela el Completo Poder,
y, por tanto, se consume por siempre jamás en un odio feroz (especialmente
por los dioses y los Elfos). A lo largo del crepúsculo de la Segunda Edad, la Sombra
253 Nombre que Lewis ha tomado de mí, y me es imposible prohibirle su empleo; lo escribe equivocadamente
Numinor. Númenóre significa en «álfico» simplemente Oesternesse o Tierra del Oeste, y no se relaciona
con numen «inmaterial» o n o u m e n o n.
[Noumenon, forma neutra del participio presente de voélv (noein), «aprehender», «concebir»; concepto introducido
por Kant, en contraste con «fenómeno», al que se le da la significación de «un objeto de intuición
puramente intelectual, desprovisto de todo atributo fenoménico»]
crece en el Este de la Tierra Media y avanza más y más sobre los Hombres, que se
multiplican a medida que los Elfos empiezan a debilitarse. Los tres temas principales
son, pues, los Elfos que se Demoran en la Tierra Media; la conversión de Sauron
en un nuevo Señor Oscuro, amo y dios de los Hombres, y Númenór-Atlantis. Se los
trata analíticamente y en dos Cuentos o Crónicas: Los Anillos del Poder y la Caída
de Númenor. Ambos constituyen el marco esencial de El Hobbit y su continuación.
En el primero vemos una especie de segunda caída o, cuando menos, «error»
de los Elfos. No había nada de malo esencialmente en que se demoraran a pesar de
los consejos recibidos, todavía entristecidos en254 las tierras mortales de sus antiguas
hazañas heroicas. Pero querían comerse el pastel y conservarlo al mismo
tiempo. Querían la paz, la beatitud y la perfecta memoria del «Oeste», y permanecer,
sin embargo, en la tierra ordinaria donde su prestigio como pueblo, por encima
del de los Elfos salvajes, los enanos y los Hombres, era mayor que el que ocupaban
en el fondo jerárquico de Valinor. Así pues, los obsesionó la idea de la «mengua»,
el modo en que percibían los cambios del tiempo (la ley del mundo bajo el sol). Se
volvieron tristes, su arte (lo diremos así) se convirtió en la obra de un anticuario, y
sus esfuerzos todos, en una especie de embalsamamiento; aunque también conservaron
el antiguo motivo de su especie, el adorno de la tierra y la curación de sus
heridas. Oímos de un reino demorado más o menos en el extremo Noroeste de lo
que quedaba de las antiguas tierras de El Silmarillion, bajo Gilgalad; y de otros
asentamientos, como Imladris (Rivendell), cerca de Elrond; y uno muy grande en
Eregion, al pie occidental de las Montañas Nubladas, junto a las Minas de Moria, el
mayor reino de los Enanos durante la Segunda Edad. Por primera y única vez, surgió
una amistad entre los pueblos por lo general hostiles (de los Elfos y los Enanos),
y la herrería alcanzó su más alto punto de desarrollo. Pero muchos Elfos escucharon
a Sauron. En aquellos primeros tiempos, sus intenciones eran todavía
buenas, y sus motivos y los de los Elfos parecían coincidir en parte: la curación de
las tierras desoladas. Sauron encontró su punto débil al sugerir que, ayudándose
los unos a los otros, harían del Oeste de la Tierra Media un lugar tan hermoso como
Valinor. Era, en realidad, un ataque velado contra los dioses, una incitación a intentar
hacer un paraíso separado e independiente. Gilgalad rechazó todas estas proposiciones
y también lo hizo Elrond. Pero en Eregion se iniciaron grandes obras, y
nunca estuvieron los Elfos tan cerca de sucumbir ante la «magia» y las maquinarias.
Con la ayuda de la ciencia de Sauron construyeron los Anillos de Poder («poder
» es una palabra ominosa y siniestra en todos estos cuentos, salvo cuando se
aplica a los dioses).
254 El texto de esta carta está tomado de una copia escrita a máquina hecha por un dactilógrafo profesional
a instancias de Milton Waldman (hay varios errores ortográficos en la escritura de los nombres, que Tolkien
corrigió); parece que aquí el dactilógrafo omitió algunas palabras del manuscrito de Tolkien.
El principal poder (de todos los anillos por igual) era el de evitar o disminuir la
velocidad del deterioro (es decir, el «cambio» visto como algo lamentable), la preservación
de lo que se desea o se ama, o la de su apariencia: éste es más o menos
el motivo élfico. Pero destacaban también los poderes naturales del poseedor, acercándose
así a la «magia», un motivo que fácilmente puede corromperse y volverse
malvado, como un deseo de dominio. Y finalmente tenían otros poderes más directamente
derivados de Sauron («el Nigromante»: así se lo llama cuando arroja una
sombra flotante de malos augurios en las páginas de El Hobbit), tales como volver
invisible el cuerpo material o volver visibles las cosas del mundo invisible.
Los Elfos de Eregion hicieron Tres anillos de supremo poder y belleza partiendo
casi exclusivamente de su propia imaginación, dirigidos a la preservación de la belleza:
no conferían la invisibilidad. Pero secretamente, en el Fuego subterráneo, en
su propia Tierra Tenebrosa, Sauron hizo el Único Anillo, el Anillo Regente, que contenía
los poderes de todos los demás y los gobernaba, de modo que quien lo llevara
podía ver los pensamientos de los que usaban los anillos menores, controlar todo lo
que hacían y, en última instancia, esclavizarlos por completo. No contaba, sin embargo,
con la sabiduría y la sutil percepción de los Elfos. En el momento en que él
dispuso del Único, tuvieron conocimiento de ello y de sus propósitos secretos, y tuvieron
miedo. Escondieron los Tres Anillos, de modo que ni siquiera Sauron descubriera
nunca dónde estaban, y permanecieron sin mácula. A los otros trataron de
destruirlos.
En la guerra resultante entre Sauron y los Elfos de la Tierra Media, especialmente
en el oeste, la ruina fue todavía mayor. Eregion fue tomada y destruida, y
Sauron se apoderó de muchos Anillos de Poder. Para su definitiva corrupción y sometimiento,
se los dio a los que los aceptaban (por ambición o codicia). De ahí el
«antiguo poema» que aparece como leit-motiv en El Señor de los Anillos:
Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.
Siete para los Señores Enanos en casas de piedra.
Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.
Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Sauron se volvió así una fuerza casi suprema en la Tierra Media. Los Elfos perduraron
en lugares secretos (todavía no revelados). El último Reino Élfico de Gilgalad
se mantiene de manera precaria en las costas del extremo oeste, donde están
los puertos de los Barcos. Elrond el Medio Elfo, hijo de Eárendil, mantiene una especie
de santuario encantado en Imladris (en inglés, Rivendell), en el extremo
oriental de las tierras occidentales.255 Pero Sauron domina todas las hordas crecien-
255 Elrond simboliza la tradición antigua, y su cara representa la sabiduría común, la preservación reverente
de todas las tradiciones referidas a la bondad, el conocimiento y la belleza. No es una escena de acción sino
tes de los Hombres que no han entrado en contacto con los Elfos e, indirectamente,
con los verdaderos Valar y dioses que nunca han caído. Gobierna un imperio creciente
desde la gran torre oscura de Barad-dûr, en Mordor, cerca de la Montaña de
Fuego, esgrimiendo el Único Anillo.
Pero para lograr esto, se había visto obligado a permitir que gran parte de su
propio poder inherente (un motivo frecuente y muy significativo en el mito y en el
cuento de hadas) pasara al Único Anillo. Mientras lo llevaba, su poder en la tierra
de hecho aumentaba. Pero aun si no lo llevaba puesto, ese poder existía y estaba
en «relación» con él: no quedaba «disminuido» . A no ser que otro lo cogiera y fuera
su poseedor. Si eso sucedía, el nuevo poseedor (si era lo bastante fuerte y de
naturaleza heroica) podía retar a Sauron, volverse amo de todo lo que había aprendido
o hecho desde la fabricación del Único Anillo y, por tanto, derrocarlo y ocupar
su lugar. Ésta era la debilidad esencial que había introducido en su situación en el
esfuerzo (en gran parte inútil) por esclavizar a los Elfos y en el deseo de establecer
el control de las mentes y las voluntades de sus sirvientes. Había otra debilidad: si
el Único Anillo realmente se deshacía, era aniquilado, su poder entonces se disolvería,
el mismo ser de Sauron disminuiría hasta convertirse en un punto de fuga y
quedaría reducido a una sombra, al mero recuerdo de una voluntad maliciosa. Pero
nunca contempló esa posibilidad, ni la temía. El Anillo no era destructible por herrería
alguna que no fuera la suya. Ningún fuego podía disolverlo, salvo el inmortal
fuego subterráneo en el que había sido forjado... y era imposible aproximarse a él,
pues estaba en Mordor. Además, tan grande era el poder de deseo del Anillo, que
cualquiera que lo llevara puesto quedaba dominado por él; estaba más allá de la
fuerza de cualquier voluntad (aun la suya propia) dañarlo, deshacerse de él o no
tenerlo en cuenta. Así lo creía. De cualquier modo, estaba en su dedo.
Así pues, mientras la Segunda Edad avanza, tenemos un gran Reino y una
maligna teocracia (pues Sauron es también el dios de sus esclavos) que crece en la
Tierra Media. En el Oeste -en realidad el Noroeste es la única parte claramente considerada
en estos cuentos- están los precarios refugiados de los Elfos, mientras que
los Hombres de aquellos sitios permanecen más o menos incorruptos, aunque ignorantes.
La mejor y más noble especie de Hombres está constituida, de hecho, por
los parientes de los que habían partido a Númenor, pero permanecen en un simple
estado «homérico» de vida patriarcal y tribal.
Entretanto, Númenor ha crecido en riqueza, sabiduría y gloria bajo el linaje de
grandes reyes de larga vida, descendientes directos de Elros, el hijo de Earendil,
hermano de Elrond. La Caída de Númenor, la Segunda Caída del Hombre (o el
de reflexión. Es por tanto un lugar de paso para todos los hechos o «aventuras». Puede encontrarse en el
curso del camino, pero quizá sea necesario tomar un rumbo totalmente inesperado. Así ocurre en El Señor
de los Anillos: habiendo escapado Elrond de la persecución inminente del mal, el héroe parte en una dirección
completamente nueva, decidido a enfrentar el mal en sus orígenes.
Hombre rehabilitado, pero todavía mortal), es causa del final catastrófico no sólo de
la Segunda Edad, sino del Viejo Mundo, el mundo primordial de la leyenda (concebido
plano y limitado). Después de lo cual empezó la Tercera Edad, una Edad Crepuscular,
un Médium Aevum, el primero del mundo quebrantado y cambiado; el último
del prolongado dominio de Elfos visibles plenamente encarnados, y también el
último en el que el Mal asume una única forma dominante encarnada.
La Caída es en parte el resultado de una debilidad interior de los Hombres,
consecuencia, si se quiere, de la primera Caída (sin registro en estos cuentos), sobre
la que hubo arrepentimiento, pero no curación definitiva. ¡En la tierra es más
peligrosa la recompensa que el castigo! La Caída es consecuencia de la astucia de
Sauron, capaz de explotar esta debilidad. El tema central es (inevitablemente, creo,
en una historia acerca de Hombres) una Proscripción, una Prohibición.
Los númenóreanos moran apenas a la vista de la tierra «inmortal» del más extremo
oriente, Eressëa; y como los únicos hombres que hablan una lengua élfica
(aprendida en los días de su Alianza), están en constante comunicación con sus antiguos
amigos y aliados, sea en la beatitud de Eressëa o en el reino de Gilgalad, en
las costas de la Tierra Media. Se vuelven así, en apariencia y aun en las capacidades
de la mente, apenas distinguibles de los Elfos, pero siguen siendo mortales,
aunque recompensados por un triple, o aún más de un triple, número de años. Esta
recompensa es su ruina o, al menos, el medio por el que son tentados. Su larga vida
contribuye a los logros que obtienen en arte y sabiduría, pero alimenta la actitud
posesiva que adquieren en relación con esas cosas, y se les despierta el deseo de
disponer de más tiempo para disfrutar de ellas. Previendo esto en parte, los dioses
impusieron a los númenóreanos desde un principio la Proscripción de no navegar
nunca hacia Eressëa, ni hacia el oeste hasta perder de vista su propia tierra. Podían
ir a su gusto en cualquier otra dirección. No debían poner pie en las tierras «inmortales
» y de ese modo enamorarse de una inmortalidad (en el mundo) que estaba
en contra de la ley que los regía, el hado o el don especial de Ilúvatar (Dios), y que
su naturaleza, de hecho, no podía soportar.256
Hay tres fases en su caída del estado de gracia. Primero, consentimiento, obediencia
que es libre y voluntaria, aunque sin cabal comprensión. Luego, durante
largo tiempo, obedecen de forma involuntaria, murmurando cada vez más abiertamente.
Por último, se revelan, y se produce una pequeña fisura entre los rebeldes
hombres del Rey y la pequeña minoría de los Fieles perseguidos.
En la primera etapa, siendo hombres de paz, su coraje se consagra a los viajes
256 Se adopta el punto de vista (como claramente reaparece más tarde en el caso de los Hobbits que tienen
el Anillo en su poder por un tiempo) de que cada «Especie» tiene sus esperanzas de vida, que se integran
en su naturaleza biológica y espiritual. Ésta no puede incrementarse cualitativa o cuantitativamente; de modo
que la prolongación en el tiempo es como estirar un alambre que se vuelve cada vez más tenso o «extender
la mantequilla cada vez más delgada»: se convierte en un tormento intolerable.
por mar. Como descendientes de Earendil, se convierten en supremos marineros, y
por estar proscritos del Oeste, navegan hasta el máximo posible hacia el norte, el
sur y el este. Sobre todo llegan a las costas occidentales de la Tierra Media, donde
ayudan a los Elfos y a los Hombres en contra de Sauron e incurren en su odio imperecedero.
En aquellos días llegaban al encuentro de los Hombres Salvajes casi como
benefactores divinos, cargados de obras de arte y conocimientos, que se marchaban
luego otra vez y dejaban tras de sí muchas leyendas de reyes y dioses salidos
del crepúsculo.
En la segunda etapa, durante los días de Orgullo y Gloria y de rencor por la
Proscripción, empiezan a buscar la riqueza antes que la beatitud. El deseo de escapar
de la muerte dio origen a un culto a los muertos, y prodigaron riqueza y arte
sobre tumbas y monumentos recordatorios. Se asentaron entonces en las costas
occidentales, pero éstas fueron más bien fortificaciones y «fábricas» de señores en
busca de riqueza, y los númenóreanos se convirtieron en recolectores de impuestos
que transportaban por mar en sus grandes barcos cada vez mayor número de bienes.
Los númenóreanos empezaron la forja de armas y maquinarias.
Esta fase acabó, y empezó la última con el ascenso al trono del decimotercer2574
rey del linaje de Elros, Tar-Calion el Dorado, el más poderoso y orgulloso de
todos los reyes. Cuando se enteró de que Sauron había adoptado el título de Rey de
Reyes y Señor del Mundo, resolvió derrocar al «pretencioso». Se dirige magnífico y
majestuoso a la Tierra Media, y tan vastos son sus armamentos y tan terribles son
los númenóreanos en los días de su gloria, que los servidores de Sauron no los enfrentan.
El mismo Sauron se humilla, rinde homenaje a Tar-Calion, y es llevado a
Númenor como rehén y prisionero. Pero allí se eleva fácilmente, por su astucia y
conocimientos, desde la situación de sirviente a la de máximo consejero del rey, y
con sus mentiras seduce a éste y a la mayoría de los señores y a las gentes del
pueblo. Niega la existencia de Dios, diciendo que el Único es una mera invención de
los celosos Valar del Oeste, el oráculo de sus propios deseos. El principal de los dioses
es el que habita en el Vacío, quien vencerá al final y erigirá en el vacío infinitos
reinos para sus servidores. La proscripción es sólo un recurso mendaz del miedo
para impedir que los Reyes de los Hombres adquieran vida imperecedera y rivalicen
con los Valar.
Bajo Sauron nace una nueva religión, la veneración de la Oscuridad con su
propio templo. Los Fieles son perseguidos y sacrificados. Los númenóreanos trasladan
su mal también a la Tierra Media y se vuelven allí crueles y malvados señores
de la nigromancia que matan y atormentan a los hombres; y las viejas leyendas se
257 Tar-Calion (el nombre quenya por Ar-Pharazön) fue originalmente el decimotercer gobernante de Númenor;
más tarde, en el posterior desarrollo de la historia de Númenor, pasó a ser el vigésimo quinto (habitualmente
registrado como el vigésimo cuarto, pero véase Cuentos Inconclusos, pág. 289, nota 11).
entretejen con oscuras historias de horror. Esto no ocurre en el Noroeste; porque
allí, por causa de los Elfos, sólo llegan los Fieles que siguen siendo amigos de los Elfos.
El puerto principal de los númenóreanos bondadosos está cerca de la desembocadura
del gran río Anduin. Desde allí la influencia todavía beneficiosa de Númenor
remonta el Río y a lo largo de la costa llega hasta el reino de Gilgalad al norte, a
medida que se difunde una Lengua Común.
Pero al final la estratagema de Sauron alcanza su culminación. Tar-Calion
siente que la vejez y la muerte se aproximan y escucha las últimas incitaciones de
Sauron y, formando la más grande de todas las armadas, se hace a la vela hacia el
Oeste, desobedeciendo la Proscripción; y declara la guerra a los dioses, dispuesto a
arrancarles «la vida sempiterna dentro de los círculos del mundo». Enfrentados con
esta rebelión de espantable locura y blasfemia, y también con un verdadero peligro
(pues los númenóreanos dirigidos por Sauron podrían haber llevado la ruina a la
misma Valinor), los Valar deponen el poder que se les había delegado, apelan a
Dios y reciben la capacidad y el permiso para tratar esta situación; el viejo mundo
se rompe y cambia. Se abre un cisma en el mar, y Tar-Calion y su armada se hunden
en él. La misma Númenor, al borde de la hendidura, se derrumba y desaparece
para siempre en el abismo con toda su gloria. Desde entonces no hay morada visible
divina o inmortal en la tierra. Valinor (o el Paraíso) y aun Eressëa desaparecen,
y sólo quedan en la memoria de la tierra. Los Hombres pueden navegar ahora hacia
el Oeste si quieren, tan lejos como les sea Posible sin acercarse jamás a Valinor o al
Reino Bendecido, para volver siempre al este; porque el mundo es redondo y finito,
y un círculo inevitable... salvo por mediación de la muerte. Sólo los «inmortales»,
los Elfos demorados, pueden todavía, si así lo quieren, fatigados del círculo del
mundo, embarcarse y encontrar el «camino recto» que lleva al antiguo o Verdadero
Oeste, y permanecer allí en paz.
De modo que la Segunda Edad avanza por una fundamental catástrofe, pero
no ha terminado del todo todavía. Hay sobrevivientes del cataclismo: Elendil el
Hermoso, jefe de los Fieles (su nombre significa Amigo de los Elfos), y sus hijos
Isildur y Anárion. Elendil, figura de Noé, que se ha mantenido apartado de la rebelión
y cuyos barcos tripulados y provistos se hallan en la costa este de Númenor,
huye ante la abrumadora corriente desatada por la ira del Oeste, y es transportado
en lo alto de olas como torres que llevan la ruina al oeste de la Tierra Media. Él y
los suyos son arrojados como exiliados sobre las costas. Allí establecen los reinos
númenóreanos de Arnor, en el norte, cerca del reino de Gilgalad, y de Gondor, alrededor
de las desembocaduras del Anduin, más hacia el sur. Sauron, como que es
inmortal, a duras penas escapa a la ruina de Númenor y vuelve a Mordor, donde al
cabo de un tiempo cobra fuerzas suficientes como para desafiar a los exiliados de
Númenor.
La Segunda Edad culmina con la Ultima Alianza (de los Elfos y los Hombres) y
el gran sitio de Mordor. Termina con el derrocamiento de Sauron y la destrucción de
la segunda encarnación visible del mal. Pero a un alto precio y con un desastroso
error. Gilgalad y Elendil reciben la muerte en el acto de matar a Sauron. Isildur,
hijo de Elendil, corta el anillo de la mano de Sauron, que pierde sus poderes y su
espíritu huye a las sombras. Pero el mal empieza a actuar. Isildur reclama el Anillo
como de su propiedad, como «indemnización por la muerte de su padre», y se niega
a arrojarlo al Fuego que arde a su lado. Se marcha, pero se ahoga en el Gran
Río, y el Anillo se pierde sin que nadie sepa adonde ha ido a parar. Pero no se deshace,
y la Torre Oscura que se ha levantado con su ayuda aún está en pie, vacía,
pero no destruida. Así termina la Segunda Edad con la llegada de los reinos númenóreanos
y la desaparición del último reinado de los Altos Elfos.
La Tercera Edad se centra sobre todo en el Anillo. El Señor Oscuro ya no está
en su trono, pero sus monstruos no han quedado del todo destruidos, y sus espantosos
servidores, esclavos del Anillo, perduran como sombras entre las sombras.
Mordor está vacío, y también la Torre Oscura, y se mantiene la vigilancia de las
fronteras de la tierra maligna. Los Elfos tienen todavía refugiados escondidos: en
los Puertos Grises, donde están sus barcos, en la Casa de Elrond y aun en otros sitios.
Hacia el sur, frente al Gran Río Anduin, están las ciudades y los fuertes del reino
númenóreano de Gondor, con reyes del linaje de Anárion. A lo lejos (en relación
con estos cuentos), en el Sur y en el Este, se encuentran los países y los reinos sin
cartografiar de los hombres salvajes o, malvados, sólo iguales en el odio que sienten
por el Oeste, heredado de Sauron, su amo; pero Gondor y su poder les obstruye
el camino. El Anillo se ha perdido, para siempre según se espera; y los Tres Anillos
de los Elfos, en posesión de guardianes secretos, resultan operativos por cuanto
preservan el recuerdo de la belleza de antaño, mantienen enclaves encantados
de paz donde el Tiempo parece haberse detenido y el deterioro no avanza: una
imagen de la beatitud del Verdadero Oeste.
Pero, en el norte, Arnor decae, se quiebra en pequeños principados y finalmente
se desvanece. El resto de los númenóreanos se convierte en un Pueblo
errante escondido, y aunque su verdadero linaje de Reyes de los herederos de Isildur
nunca se interrumpe, esto es sólo sabido en la Casa de Elrond. En el sur, Gondor
se eleva a la cúspide del poder y llega a ser casi un reflejo de Númenor; luego
va menguando lentamente hasta alcanzar una deteriorada Edad Media, una especie
de Bizancio orgullosa y venerable, aunque cada vez más impotente. La vigilancia de
Morder se debilita. La presión de los orientales y los sureños aumenta. El linaje de
Reyes se interrumpe, y la última ciudad de Gondor, Minas Tirith («Torre de Vigilancia
»), es gobernada por Mayordomos hereditarios. Los Jinetes del Norte, los Rohirrim
o Jinetes de Rohan, aliados perpetuos, se instalan en las verdes llanuras ahora
despobladas que fueron otrora la parte norte del reino de Gondor. Sobre el gran
bosque primitivo, el Gran Bosque Verde, al este del curso superior del Gran Río, se
proyecta una sombra que crece, convirtiéndose en el Bosque Negro. Los Sabios
descubren que procede de un Hechicero («El Nigromante» de El Hobbit) que posee
un castillo secreto en el sur del Gran Bosque.258
En medio de esta Edad aparecen los Hobbits. Su origen es desconocido (aun
para sí mismos),259 pues escaparon a la atención de los grandes, o los pueblos civilizados
que guardaban registros, mientras que ellos no los guardaban salvo vagas
tradiciones orales, hasta que hubieron emigrado desde las fronteras del Bosque Negro,
huyendo de la Sombra, y avanzaron hacia el oeste hasta ponerse en contacto
con los últimos restos del Reino de Arnor.
Su principal asentamiento, donde todos los habitantes son hobbits y se mantiene
una vida rural ordenada y civilizada aunque sencilla, es la Comarca, originalmente
los huertos y bosques de la heredad real de Arnor, concedida como feudo;
pero el «Rey», hacedor de leyes, hace ya mucho que ha desaparecido, salvo de la
memoria, antes que tengamos muchas noticias de la Comarca. Es en el año 1341
de la Comarca (o 2941 de la Tercera Edad, es decir, en su último siglo) cuando Bilbo
-El Hobbit y héroe de ese cuento- inicia su «aventura».
En esa historia, que no es preciso resumir, no se explica ni la naturaleza ni la
situación de los hobbits, sino que se las sobreentiende, y lo poco que se dice de
ellas adquiere la forma de alusiones casuales a algo que se conoce. La totalidad de
la «política mundial», esbozada arriba, está por supuesto en mente, y también se
hace referencia a ella en ocasiones como a algo registrado cabalmente en otro sitio.
Elrond es un personaje importante, aunque su dignidad, altos poderes y linaje se
silencian de forma moderada y no se revelan en pleno. También hay alusiones a la
historia de los Elfos, la Caída de Gondolin, etcétera. Las sombras y el mal del Bosque
Negro, aunque en el estilo aminorado del «cuento de hadas», procuran una de
las partes más importantes de la aventura. Sólo en un punto actúa esta «política
mundial» como parte del mecanismo de la historia. Gandalf el Mago260 parte, pues
258 Sólo en el tiempo transcurrido entre El Hobbit y su continuación se descubre que el Nigromante es Sauron
Redivivas, que ha crecido de prisa hasta alcanzar forma visible y adquirir poder nuevamente. Escapa y
vuelve a Mordor y la Torre Oscura.
259 Los Hobbits, por supuesto, representan realmente una rama de la raza específicamente humana (ni Elfos
ni Enanos); de ahí que las dos especies puedan vivir juntas (como en Bree), y se llaman simplemente la
Gente Grande y la Gente Pequeña. Están totalmente privados de poderes sobrehumanos, pero se los representa
como en contacto más íntimo con la «naturaleza» (la tierra y otras criaturas vivientes, las plantas y
los animales) y anormalmente libres, según lo que es corriente en los humanos, de ambiciones o la codicia
de riqueza. Se los hace pequeños (tienen poco más de la mitad de la estatura de un hombre, Pero decrecen
con la edad) en parte para exhibir la mezquindad del hombre, del hombre estrecho de miras y poco imaginativo,
aunque no con la pequeñez ni el salvajismo de Witt, y sobre todo para mostrar en criaturas de muy
escasa potencia física el asombroso e inesperado heroísmo de los hombres ordinarios «en casos de apuro».
260 En ningún sitio se explica plenamente el lugar de origen o la naturaleza de «los Magos». Su nombre, relacionado
con los Sabios, es una anglificación de su nombre élfico, y en todo momento se emplea como enteramente
diferente de Hechicero o Brujo. Se descubre finalmente que eran, como podría decirse en el contexto
de estos cuentos, el equivalente más cercano de los Ángeles, Ángeles Guardianes. Sus poderes se
ha sido llamado para atender importantes asuntos -el intento de poner solución a la
amenaza que constituye el Nigromante-, de modo que deja al Hobbit sin ayuda o
consejo en medio de su «aventura», obligándolo a tenerse sobre sus propias piernas
y volverse un héroe según su propio estilo. (Muchos lectores han observado este
punto y han supuesto que el Nigromante debía tener un lugar destacado en una
continuación o en algunos otros cuentos de este tiempo.)
El tono y el estilo en general diferentes de El Hobbit son consecuencia de que
lo haya considerado en su punto de partida como material del gran ciclo susceptible
de ser tratado como «cuento de hadas» para niños. Algunos de los detalles de tono
y tratamiento son, creo ahora, aun sobre esta base, equivocados. Pero no querría
cambiar mucho. Es en realidad el estudio de un hombre del todo corriente que no
es artista, ni noble, ni heroico (aunque en él lleva las dormidas semillas de esas
cualidades) en un marco grandioso; y de hecho (como lo observó un crítico) el tono
y el estilo cambian con el desarrollo del Hobbit, pasando del cuento de hadas a la
nobleza y elevación, para recaer otra vez luego del regreso.
La Búsqueda del Oro del Dragón, el tema principal del cuento en concreto de
El Hobbit, es, en relación con el ciclo general, del todo periférica e incidental,
conectada con él sobre todo mediante la historia del Enano, que nunca resulta fundamental
en estos cuentos, aunque a menudo es importante.261 Pero durante el curso
de la Búsqueda, el Hobbit toma posesión, aparentemente por «accidente», de un
«anillo mágico» cuyo principal y único poder inmediato evidente es volver invisible
a quien lo lleva. Aunque para este cuento un accidente, imprevisto y sin ocupar lugar
alguno en el plan de la búsqueda, resulta esencial para el buen éxito de la jornada.
Al regresar el Hobbit, con amplitud de visión y sabiduría aumentadas, aunque
inalterado en cuanto a lenguaje, retiene el anillo como secreto personal.
La continuación, El Señor de los Anillos, mucho más voluminosa, y espero que
proporcionalmente la mejor del ciclo completo, concluye toda la narración; se intenta
incluir en ella y liquidar todos los elementos y motivos de lo que ha precedido:
elfos, enanos, los Reyes de los Hombres, heroicos jinetes «homéricos», orcos y
demonios, los terrores de los Servidores del Anillo y la Nigromancia, y el vasto
horror del Trono Oscuro; aun en estilo incluye el coloquialismo y la vulgaridad de
los Hobbits, poesía y el más elevado estilo en prosa. Hemos de ver el derrocamiento
de la última encarnación del Mal, la destrucción del Anillo, la partida final de los
Elfos y el regreso en magnificencia del verdadero Rey, que se hace cargo del Domicentran
primordialmente en alentar a los enemigos del mal, y estimular su ingenio y valor para que se unan
y resistan. Aparecen siempre como ancianos y sabios, y aunque en el mundo ellos mismos sufren (enviados
por las potestades del Verdadero Oeste), su edad aumenta sólo muy lentamente y sus cabellos grises apenas
cambian. Gandalf, cuya función es específicamente vigilar los asuntos humanos (de los Hombres y los
Hobbits), continúa su marcha a través de todos los cuentos.
261 La hostilidad de los Enanos y los Elfos (aun de los buenos), un motivo que aparece con frecuencia, deriva
de las leyendas de la Primera Edad; las Minas de Moría, las guerras de los Enanos y los Orcos (trasgos, la
soldadesca del Señor Oscuro) se refieren a la Segunda Edad y a principios de la Tercera.
nio de los Hombres, heredando todo lo que puede transmitirse de los Elfos a través
de su alto matrimonio con Arwen, hija de Elrond, como también la línea de realeza
de Númenor. Pero así como los primeros Cuentos son vistos a través de ojos élficos,
por así decir, este último gran cuento, bajado a tierra desde el mito y la leyenda,
es visto sobre todo a través de los ojos de los Hobbits: de este modo se vuelve
de hecho antropocéntrico. Pero a través de los Hobbits, no los llamados Hombres,
porque el último Cuento ha de ejemplificar con el máximo de claridad un tema recurrente:
el lugar que ocupan en la «política mundial» los actos imprevistos e imprevisibles
de la voluntad y las virtuosas hazañas de los aparentemente pequeños,
insignificantes, olvidados en el lugar de los Sabios y Grandes (tanto buenos como
malvados). Una moraleja de la totalidad (después del simbolismo básico del Anillo
como mera voluntad de poder que intenta volverse objetiva mediante la fuerza y el
mecanismo físicos y, por tanto, también mediante mentiras) es la evidente de que
sin lo elevado y lo noble, lo simple y lo vulgar son por completo mezquinos; y sin lo
simple y lo corriente, lo noble y lo heroico carecen por completo de significado.
No es posible, ni siquiera muy extensamente, resumir El Señor de los Anillos
en un párrafo o dos .... Fue empezado en 1936262 y cada una de sus partes fue reescrita
muchas veces. No hay palabra casi, en sus 600.000 o más, que no haya sido
considerada. Y la ubicación, el tamaño, el estilo y la contribución a la totalidad
de los detalles, incidentes y capítulos han sido escrupulosamente meditados. No digo
que esto sea una recomendación de la obra. Es muy probable, lo advierto, que
me engañe, perdido en una red de vanas imaginaciones de no gran valor para los
demás, a pesar del hecho de que unos pocos lectores la han encontrado buena en
su conjunto.263 Lo que intento decir es esto: no puedo alterar la obra de manera
sustancial. La he terminado, me la he «quitado de la mente»: el trabajo ha sido colosal;
y ahora debe sostenerse o caer prácticamente tal cual está.
La carta continúa con un resumen (sin comentarios) de la historia de El Señor de los
Anillos, al cabo del cual, Tolkien escribe:
Éste es un largo aunque escueto resumen. Muchos personajes que tienen importancia
para la historia ni se mencionan siquiera. Hasta se omiten invenciones
enteras como los notables Ents, las más antiguas de las criaturas racionales, los
Pastores de los Árboles. Puesto que ahora intentamos tratar la «vida corriente» que
mana siempre inextinguible bajo el pisoteo de los acontecimientos y la política
mundiales, intervienen historias de amor, o el amor de modos diversos, del todo
ausentes en El Hobbit. Pero con respecto a la más alta de las historias de amor, la
262 Como lo muestran las primeras cartas de este libro, El Señor de los Anillos se empezó de hecho en diciembre
de 1937.
263 Pero como a cada cual le ha disgustado esto o aquello, descubriría (si considerara todas las críticas juntas
y las obedeciera) que me queda muy poco, y se me obliga a llegar a la conclusión de que una obra tan
grande (en extensión) no puede ser perfecta, y aun si lo fuera, no podría gustarle enteramente a ningún lector.
de Aragorn y Arwen, hija de Elrond, sólo se alude a ella como a algo conocido. Se la
cuenta en otro sitio en un cuento corto, De Aragorn y Arwen Undómiel. Creo que el
simple amor «rústico» de Sam y su Rosie (no elaborado en sitio alguno) es absolutamente
esencial para el estudio de este personaje (el del héroe principal), y para
el tema de la relación entre la vida ordinaria (respirar, comer, trabajar, engendrar),
las misiones, el sacrificio, las causas y el «anhelo de los Elfos» y la mera belleza.
Pero no diré más ni defenderé el tema del amor equivocado percibido en Eowyn y
su primer amor por Aragorn. No creo ahora que se pueda hacer mucho por enmendar
las faltas de este largo cuento que abarca tanto, o volverlo «publicable» si no lo
es ya ahora. Una ligera revisión (ya llevada a cabo) de un punto crucial de El Hobbit
por la que se clarifica el carácter de Gollum y su relación con el Anillo, me posibilitará
reducir el capítulo II del Libro I, «La Sombra del Pasado», simplificarlo y apresurarlo;
y también simplificar un tanto el debate con que empieza el Libro II. Si el
material restante, «El Silmarillion», y algunos otros cuentos o eslabones como La
Caída de Númenor se publican, sería posible prescindir de muchas explicaciones sobre
el medio en que se desarrolla la historia, especialmente el del Concilio de Elrond
(Libro II). Pero en total apenas alcanzaría a la eliminación de un único capítulo largo
(de unas 72.).
Me pregunto (aun cuando resulte legible) si leerá alguna vez todo esto.

Diccionario de símbolos - Cirlot - Números

https://drive.google.com/file/d/0B-GPqM-CVAWSd2lXMC1JY3FRZWs/view?usp=sharing


Números

En el sistema simbolista los números no son expresiones meramente
cuantitativas, son ideas-fuerza, con una caracterización específica para cada
uno de ellos. Las cifras son a modo de su vestido. Todos proceden del número
Uno (que se identifica con el punto no manifestado). Cuanto más se
aleje un número de la unidad, más se hunde en la materia, en la involución,
en el «mundo». Los diez primeros números, en la tradición griega (doce, en
la oriental), pertenecen al espíritu: son entidades, arquetipos y símbolos. Los
demás resultan de las combinaciones de esos números primordiales (44).
Los autores griegos especularon sobre el número. Pitágoras dijo: «Todo está
arreglado según el número». Platón consideró al número como esencia de la
armonía y a ésta como fundamento del cosmos y del hombre, sentenciando:
«Pues la armonía, cuyos movimientos son de la misma especie que las revoluciones
regulares de nuestra alma» (24). La filosofía de los números fue
también desarrollada por los hebreos, gnósticos y cabalistas, llegando hasta
la alquimia nociones universales que se encuentran en Lao-tsé: «El uno se
convierte en dos; el dos se convierte en tres; y del ternario procede el uno
 (la nueva unidad u orden) como cuatro» (María profetisa) (32). La actual Lógica
simbólica y la Teoría de los Grupos retoman a la idea de lo cuantitativo
como cualidad. Según Pierce, las leyes de la naturaleza y las del espíritu
se basan en los mismos principios, sistematizables según tales vías (24).
Aparte de los valores esenciales de unidad y multiplicidad, tienen signiñcado
general los pares (negativos, pasivos) y los impares (afirmativos, activos). La
sucesión numérica, de otro lado, tiene un gran dinamismo que es preciso
considerar. La idea de que el uno engendra el dos y el dos el tres, se fundamenta
precisamente en la noción de que toda .entidad tiende a rebasarse a
sí misma, a situarse en contraposición con otra. Donde hay dos elementos, lo
tercero aparece en forma de unión de esos dos y luego como tres, dando
lugar a lo cuarto como conexión de los tres, y así sucesivamente (32). Después
de la unidad y del binario (conflicto, eco, desdoblamiento primordial), el
ternario y el cuaternario son los grupos principales; de su suma surge
el septenario; de su multiplicación, el dodecanario. Del tres deriva más directamente
el siete (por ser también impar); del cuatro, el doce (ambos
pares). En simbología suelen representar: ternario (orden mental o espiritual),
cuaternario (orden terrestre), septenario (orden planetario y moral), dodecanario
(orden universal). Vamos a considerar seguidamente los significados más
generalmente reconocidos por la tradición simbolista a cada número, para
atender luego sumariamente a la teoría psicológica de Paneth.
Cero. — El no ser, misteriosamente ligado a la unidad, como su contrario
y su reflejo; símbolo de lo latente y de lo potencial; es el «huevo órfico».
En la existencia simboliza la muerte como estado en el que las fuerzas de
lo vivo se transforman (40, 55). Como círculo, es decir, por su figura, simboliza
la eternidad.
Uno. — Símbolo del ser (40), de la aparición de lo esencial. Principio activo
que se fragmenta para originar la multiplicidad (43) y se identifica con
el centro (7), con el punto irradiante y la potencia suprema (44). También
simboliza la unidad espiritual, base de la fusión de los seres (55). Guénon
distingue entre la unidad y el uno, siguiendo las especulaciones de los místicos
del islam. Difiere del uno la unidad en que es un reino absoluto, cerrado
en sí mismo, que no admite el dos ni el dualismo. Es por ello esa unidad
símbolo de la divinidad (26). También se identifica el uno con la luz (49).
Dos. — Eco, reflejo, conflicto, contraposición: la inmovilidad momentánea
cuando las fuerzas son iguales (43); corresponde al transcurso, a la línea
detrás-delante (7); geométricamente se expresa por dos puntos, dos líneas o
un ángulo (44). Simboliza el primero de los núcleos materiales, la naturaleza
por oposición al creador, la luna comparada con el sol (55). Todo el esoterismo
considera nefasto el dos (9); significa asimismo la sombra (49) y la
sexuación de todo o el dualismo (Géminis), que debe interpretarse como
ligazón de lo inmortal a lo mortal, de lo invariante a lo variante (49). La
región del dos, en el paisaje místico de la cultura megalítica, es la mandorla
de la montaña, el foco de la inversión que forma el crisol de la vida y encierra
a los dos antípodas (bien y mal) (vida y muerte) (51). Por esto el dos
es el número de la Magna Mater (51).
Tres. — Síntesis espiritual. Fórmula de cada uno de los mundos creados.
Resolución del conflicto planteado por el dualismo (43). Hemiciclo: nacimiento,
cénit, ocaso (7). Corresponde geométricamente a los tres puntos y al
triángulo (44). Resultante armónica de la acción de la unidad sobre el dos (55).
Concierne al número de principios (41) y expresa lo suficiente, el desenvolvimiento
de la unidad en su propio interior (9). Número idea del cielo (51) y
de la Trinidad.

Cuatro. — Símbolo de la tierra, de la espacialidad terrestre, de lo situacional.
de los límites externos naturales, de la totalidad «mínima» y de la
organización racional. Cuatro es el cuadrado y el cubo; la cruz de las estaciones
y de los puntos cardinales. Según el modelo del cuaternario se organizan
muchas formas materiales y espirituales (43). Es el número de la'-
realizaciones tangibles (55) y de los elementos (41). Místicamente, tetramorfos.
Cinco. — Símbolo del hombre, de la salud y del amor; la quintaesencia
actuando sobre la materia. Los cuatro miembros regidos por la cabeza como
los cuatro dedos p or el pulgar (43); los cuatro puntos cardinales más el
centro (7). Número de la hierogamia, unión del principio del cielo (tres) y
de la Magna Mater (dos). Pentagrama, estrella de cinco puntas (44). Corresponde
a la simetría pentagonal, frecuente en la naturaleza orgánica, relacionándose
asimismo con la Sección de oro como fue notado por los pitagóricos
(24); los cinco sentidos (55) correspondientes a las «formas» de la
materia.
Seis. — Ambivalencia y equilibrio. Unión de los dos triángulos (fuego y
agua) y por ello símbolo del alma humana. Para los griegos, hermafrodita
(33). Corresponde a las seis direcciones del espacio (dos por cada dimensión)
(7) y a la terminación del movimiento (seis días de la Creación). Por
ello, número de la prueba y del esfuerzo (37). También se ha establecido relación
del seis con la virginidad (50) y con la balanza.
Siete. — Orden completo, período, ciclo. Está compuesto por la unión del
ternario y el cuaternario, por lo que se le atribuye excepcional valor (43).
Corresponde a las siete direcciones del espacio (las seis existentes más el
centro) (7). Corresponde a la estrella de siete puntas, a la conexión del cuadrado
y el triángulo, por superposición de éste (cielo sobre la tierra) o por
inscripción en su interior. Gama esencial de los sonidos, de los colores y de
las esferas planetarias (55). Número de los planetas y sus deidades, de los
pecados capitales V de sus oponentes (41). Corresponde a la cruz tridunensional
(38). Símbolo del dolor (50).
Ocho. — Octonario, dos cuadrados u octógono (44). Forma central entre
el cuadrado (orden terrestre) y el círculo (orden de la eternidad); por ello,
símbolo de la regeneración. Por su figura tiene relación con las dos serpientes
enlazadas del caduceo (equilibrio de fuerzas antagónicas; potencia espiritual
equivalente a potencia natural) (55). También simboliza, por dicha causa
formal, el eterno movimiento de la espiral de los ciclos (doble linea sigmoidea,
signo del infinito) (9). Por su sentido de regeneración fue en la Edad Media
número emblemático de las aguas bautismales. Además, corresponde, en la
mística cosmogónica medie\al, al cielo de las estrellas fijas, que simboliza
la superación de los influjos planetarios.
Nueve.—Triángulo del ternario. Triplicidad de lo triple. Imagen completa
de los tres mundos. Límite de la serie antes de su retorno a la unidad
(43). Para los hebreos, el nueve era el símbolo de la verdad, teniendo
la característica de que multiplicado se reproduce a sí mismo (según la
adición mística) (4). Número pOr excelencia de los ritos medicinales, por
representar la triple síntesis, es decir, la ordenación de cada plano (corporal,
intelectual, espiritual) (51).
Diez. — Retorno a la unidad según los sistemas decimales. Relacionado
con el cuatro en la Tetractys, cuyo triángulo de puntos: cuatro, tres, dos,
uno, suma diez. Símbolo de la realización espiritual, pero también puede
expresar la unidad actuando como número par (ambivalencia) o al comienzo
de una nueva serie total (44). En algunas doctrinas, la década simboliza la
totalidad del universo, así metalisico como material, pues eleva a la unidad
Números 331
todas las cosas (9). El diez fue llamado número de la perfección desde el
antiguo Oriente, a través de la escuela pitagórica, hasta san Jerónimo (50).
Once. — Transición, exceso, peligro. Número del conflicto y del martirio
(37). Según Schneider, tiene carácter infernal, p or exponer desmesura
(exceso sobre el número de la perfección, diez) (50) y a la vez corresponde
como el dos a la mandorla de la montaña, al foco de inversión y de la antítesis,
por ser uno más uno (como el dos, en cierto modo) (51).
Doce. — Orden cósmico, salvación. Número de los signos zodiacales, modelo
de las ordenaciones en dodecanario. Ligado a la idea de espacio y tiempo,
a la de rueda o círculo.
Trece. — Muerte y nacimiento, cambio y reanudación tras el final (37).
Por esto marcado característicamente con un valor adverso.
Otros números. — El catorce es el número de la fusión y de la organización
(37), también de la justicia y de la templanza (59); el quince tiene un
notable valor erótico y se relaciona también con el diablo (59). En los otros
que pudiéramos citar, hasta el veintidós, hay relación con el correspondiente
significado del arcano del Tarot de la misma cifra, o el sentido deriva de
la fusión de los componentes simples. Dos son las modalidades como pueden
fundirse los números; por adición m ístic a ; por ejemplo, 374 = 3 + 7 + 4 = 14
( = 1 + 4 = 5) o por sucesión, estableciendo que el número de la derecha expresa
el resultado de la acción del anterior; así 21 expresa reducción de un
conflicto (dos) a la solución (unidad). También poseen significados por causas
ajenas al intrínseco simbolismo del número, derivadas de causas tradicionales
; por ejemplo, el 24 es la cifra sagrada de la filosofía Sankya; el 50 aparece
con gran frecuencia en la mitología griega (expresando a lo que creemos
la potenciación de lo erótico y humano, que caracteriza el mito helénico),
pues cincuenta son las danaides, los argonautas, los hijos de Príamo, los de
Egipto, etc. La repetición de un número consolida su poder en lo cuantitativo,
pero le resta dignidad en lo espiritual. En el Apocalipsis, 666 era el
número de la Bestia, por la inferioridad del seis respecto al siete (37). Cuando
en un número se conjugan diversas cualidades de sentido, su simbolismo
se acentúa y consolida. Así el 144 se consideraba muy favorable por sumar 9
(1 + 4 + 4) y componerse de múltiplos de 10 y de 4 y del propio cuaternario
(37). En la Divina Comedia, Dante observó el simbolismo numérico (27).
La obra de Ludwig Paneth tra ta menos del sentido simbólico de los números
que de la interpretación normal que el psicólogo debe darles cuando
aparecen en obsesiones o sueños de personas situadas en el nivel común.
Indicamos estas interpretaciones: Uno, aparece muy raramente, alude al estado
paradisíaco anterior al bien y el mal o dualismo. Dos, equilibrio en
tensión, experiencia de lo escindido: problema, necesidad de análisis, partimiento,
descomposición interior o lucha contra alguien. Tres, síntesis biológica,
nacimiento del hijo, solución de un conflicto. Cuatro, la doble partición
(dos y dos) ya no significa separar (dos) sino ordenar lo separado, por
ello este número simboliza el orden en el espacio y, p or analogía, cualquier
otra organización estable. El griego Simónides ya había dicho: «Es difícil
llegar a ser un hombre superior, tetragonal de mano, de pie y de espíritu,
formando un todo perfecto». Cinco, número que aparece con frecuencia en
la naturaleza animada, por lo cual su eclosión triunfal corresponde a la primavera.
El cinco caracteriza la plenitud orgánica de la vida frente a la
muerte rígida. Tiene sentido erótico. Seis, número especialmente ambiguo,
po r lo general, como el dos, expresa dualismo (2 x 3 o bien 3 X 2). Tiene, sin
embargo, un sentido normativo como el cuatro, frente al sentido de liberación
del cinco y el carácter místico (o conflictivo) del siete. Siete, como

todos los números primos, dato irreductible, expresión de un conflicto, de
una unidad compleja (cuanto más elevado el número primo más grave es
el complejo); puede' tener relación con la luna (7 x 4 = 28 días del mes lunar).
Diez, en su aspecto gráfico (como 10) puede expresar el matrimonio.
Cero, como multiplicador decimal eleva la potencia cuantitativa (en lo
negativo) de un símbolo numérico. El exceso de ceros indica manía de grandezas.
Características generales de los números. — Distingue Paneth entre número
aritmético y número simbólico diciendo que el primero no agrega
condición ninguna al objeto que define sólo por la cantidad, mientras el segundo
tiene un nexo interior con la cosa a la que se refiere, p o r una relación
mística entre lo contado y el número. En aritmética, si se adicionan 1, 1
y 1 se tendrá el 3, pero no la triunidad. En simbolismo, el segundo y el tercer
uno son intrínsecamente diferentes del primero, ya que siempre funcionan
dentro de órdenes temarios que establecen el primer término como elemento
activo, el segundo como pasivo y el tercero como neutro o resultante. Ya
Aristóteles habló de la «estructura cualitativa» del número en contraposición
al carácter amorfo de la unidad aritmética. Respecto a los números elevados
dice Paneth: «La multiplicación de un número acrecienta su poder; así
el 25 y el 15 son símbolos de erotismo. Los números formados po r dos cifras
expresan una relación entre ellos, de izquierda a derecha. Por ejemplo, 23,= 2
(conflicto) 3 (resuelto)». Los números de más de dos cifras pueden descomponerse
y analizarse simbólicamente de diferentes maneras. Así, por ejemplo,
el 338 puede ser igual a 300 más 2 x 19 o bien 3, 3 y 8. El tres es un
AIRE TIERRA
6 7 2
1 5 9
8 3 4
2 7 6
9 5 1
4 3 8
FUEGO AGUA
4 9 2
3 5 7
8 1 6
6 1 8
7 5 3
2 9 4
Numéricos, cuadros mágicos.

número sobre el que nunca se insistirá bastante, por su extraordinario dinamismo
y riqueza simbólica. El valor resolutivo del tercer elemento, queremos
indicar, puede tener un aspecto favorable, pero también adverso. Por ello
aparecen en mitos y leyendas, constantemente, tres hermanos, tres pretendientes,
tres pruebas, tres deseos (42). El elemento uno y el dos corresponden
en cierto modo a lo que se tiene; el tercer elemento es la resolución mágica,
milagrosa, que se desea, se pide y se espera. Pero este tercer elemento, como
decíamos, puede ser negativo. Así como hay leyendas en que, donde fracasan
el primero y el segundo (pasa a veces con seis, y vence el séptimo), triunfa el
tercero, la inversión del símbolo produce el resultado contrario, es decir,
que a dos datos favorables (que suelen ser crecientes), sucede un tercero destructor,
o negativo. Por ejemplo, en los dones de los Reyes Magos al Niño
Jesús, le ofrecen oro, incienso (positivos) v mirra (negativo). Casi todos los
mitos o cuentos en que se citan tres cálices, tres cofres o tres habitaciones,
e l tercer elemento corresponde a la muerte, por la división asimétrica del
ciclo vital; dos terceras partes son ascendentes (infancia-adolescencia, juventud-
madurez), pero la última es descendente (vejez-muerte). Un cuento hebreo
llamado La verdadera felicidad expresa con exactitud este símbolo
del «tercer elemento». Lo transcribimos de Loeffler por su valor ejemplar:
«Un campesino y su esposa, descontentos de su suerte, envidiaban a los
habitantes de un palacio, de los cuales se representaban la existencia como
continuación no interrumpida de delicias. Trabajando el campo, el hombre encontró
tres cofres de hierro. En el primero, una inscripción decía: «Quien
me abra se volverá rico». En el segundo se leía: «Si el oro te hace dichoso,
ábreme». En el tercer cofre: «Quien me abre, pierde todo lo que posee». El
primer cofre fue pronto abierto y con la plata que contenía, la pareja celebró
enormes festines, compró espléndidos vestidos v esclavos. El contenido
del segundo cofre permitió a los protagonistas descubrir el lujo de los refinamientos
estéticos. Pero a la apertura del tercero, una terrible tempestad destruyó
la totalidad de sus bienes» (38). Este simbolismo tiene relación con el
del ciclo anual asimétrico (primavera-verano-otoño contra invierno) y con
todos los símbolos de «lo superior», siempre peligroso. Finalmente, en lo que
respecta al simbolismo de los números, existen también interpretaciones visuales,
que se derivan de la figura de las cifras, pero constituyen una especia’ización
no siempre fundamentada.

18 may. 2016

La comunidad del anillo

https://drive.google.com/file/d/0B-GPqM-CVAWSdHFkNW1nTjRDZms/view?usp=sharing

Poema del Anillo ünico


Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.
Siete para los Señores Enanos en palacios de piedra.
Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.
Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
un Anillo para atrerlos a todos y atarlos a las tinieblas
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.