AÑO 2017


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Prof. Adj. (int.) Dra. Claudia Pérez, Col. Hon. Maite Vanesa Artasánchez

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Programa - Indice de Lecturas 1er. parcial




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12 mar. 2013

Microlecturas.

Microlecturas.



Síntesis conceptual y selección de pasajes. Claudia Pérez


Extraído de: Nathalie Kremer. "La lectura como cuadro: la microlectura entre revelación y reescritura". En Complicaciones de texto: las microlecturas. Fabula LHT, Nº3, 1º de setiembre de 2007.


La microlectura es revelación puntual de una polisemia del texto literario. Esta afirmación de Jean-Marie Goulemot, que va a servir aquí de punto de partida para una reflexión sobre la práctica de las microlecturas, se ubica en la línea de una concepción mallarmeana de la poesía como pluralidad de sentido inscrita en el poder sugestivo de la palabra –concepción de la que es heredera la teoría estética de Adorno, o la del primer Roland Barthes. Sin avanzar más sobre esta filiación, ni sondear los antecedentes de esta concepción de la literatura, aislaremos los tres presupuestos que adelanta J.-M. Goulemot en esta simple aserción. Además de la polisemia de la literatura – idea que presenta el texto literario como un reservorio de sentido con muchos fondos, pasible por lo tanto de muchas interpretaciones – retenemos aquí el de la "puntualidad" de la lectura, que supone una detención de la mirada, una proximidad de la misma sobre el elemento literario, su engrosamiento bajo la lupa. En fin, la lectura como revelación, que presenta un más allá de la relación de comprensión entre el texto literario y la lectura del texto en beneficio de una concepción aprehendida como descubrimiento. En efecto, la revelación implica no solo la presencia de un sentido oculto que hay que sacar a la luz, sino que consiste también en una investidura de sentido dada por el lector en el texto, que arroja una nueva luz sobre las palabras: "Leer, es constituir y no reconstituir un sentido", explicita J.-M. Goulemot. Al lector incumbe la tarea de construir un sentido dando a las secuencias del texto una visión de conjunto. Nos interrogaremos aquí sobre la apuesta a una lectura semejante, llevada a cabo por el "microlector", que pasa bajo la lupa las palabras del texto en una lectura paciente y casi estática, para amplificarlas hasta el extremo. Nuestro discurso consistirá en pensar la microlectura como un "cuadro" del texto analizado, que toma forma en un encuentro entre la lectura y la reescritura de la obra. Esos dos elementos serán, en efecto, conjugados conjuntamente en esta reflexión sobre la práctica de la microlectura, en la medida en que esta se presenta, por un lado, como una lectura obsesionada por el deseo de reescribir la obra y, por otro, como reescritura que reconstruye menos una progresión del pensamiento que un comentario que inmoviliza la obra, y la transforma en cuadro.

El microlector se distingue del simple lector en la medida en que su acercamiento al texto supera el nivel de la toma de conocimiento del contenido informativo o emotivo por medio de la decodificación de la estructura significante, para acceder al nivel de l lectura-análisis, que privilegia el procedimiento particularizador. El análisis consiste en explorar la polisemia del texto liberando los campos semánticos de las palabras, y redisponiendo los diferentes sentidos connotados en el seno del discurso comentador. El microlector da también una dirección a su lectura, ubicando las secuencias narrativas comentadas, tomadas en sus estructuras derivadas o metafóricas, en un movimiento que consiste en redistribuirlas en el seno de su propio discurso. La redisposición de elementos del texto implica un desplazamiento tanto desde el punto de vista escenográfico como temático, como veremos.

De esta manera, el análisis bajo la lupa de las palabras del texto conduce a una trascendencia de la obra, por aproximación de elementos separados y su redisposición en el discurso comentador. La hipótesis que sostiene esta posibilidad de la lectura presenta el texto como portador de su propia interpretación, que propone al lector a través de las redundancias y las metáforas de la escritura. Este es el problema que ha señalado Michel Charles en el curso de diferentes microlecturas que ha llevado a cabo, y que enuncia así a propósito de su análisis de Adolphe de Benjamin Constant: “No se puede mantener hasta el extremo una separación efectiva de las funciones narrativas y las funciones interpretativas”. La investidura de sentido en el texto es posible solo con una actitud de sujeción de la lectura-análisis al texto, para discernir la parte interpretativa de los elementos. La paradoja no es más que aparente, porque es en la redisposición de los elementos, tomados en su sentido connotado o metafórico, que toma forma la microlectura.

(....)

Se trata de mostrar que un pasaje solo del libro permite a M. Charles multiplicar los elementos de su análisis, conforme al principio de polisemia del texto, a los efectos de construir, y conducir, una cierta lectura. (...) La lectura de M. Charles funciona como una “revelación puntual”, ya como el descubrimiento de un sentido latente que sobresale del pasaje analizado y lo ilumina por medio de la perspectiva más amplia en la que lo inserta, por medio de la confrontación y la redisposición de varias secuencias narrativas. (...)

Se trata de un caso de “complicación” del texto, que revela el procedimiento propio de la microlectura.(...) [Una ] metáfora da lugar a varias lecturas posibles, de entre las cuales una es destilada por el microlector para llevarla en la dirección de su análisis. Del mismo modo, varios análisis son posibles a partir de una misma secuencia narrativa estudiada, en la medida en que es capaz de fundar muchas estructuras semánticas. (...) La polisemia del texto permite elaborar varios sistemas metafóricos ligados en una óptica trascendente a la obra. Esos sistemas metafóricos no son exclusivos mutuamente; forman, mejor dicho, según la expresión de Roland Barthes, un “plural” en el sentido de diseminación; o mejor aún, como explicaba Borges, hacen del libro ese “centro de innumerables relaciones”, “susceptible de una ambigüedad, de una plasticidad infinitas”.

La microlectura se presenta entonces como una actividad de destilación de un sentido derivado o sugerido de las palabras para conferir a lo diseminado del discurso una nueva continuación. Eso se construye precisamente en los lugares donde el texto se bifurca, es decir, allí donde los elementos de la trama hubieran podido estar dispuestos de otro modo o preparar otro sentido. En lo profundo de esas bifurcaciones aparecen ramas de sentido que es posible plegar en la dirección de la lectura operada, según la redisposición de los sistemas metafóricos del texto. Este ensamblaje de sentido se basa en el texto mismo: es el trabajo del lector de hacer surgir de la obra misma los elementos de análisis a partir de los nudos de complejidad. (...) la estructura no designa un principio de orden preexistente en el texto, pero sí la “respuesta” de un texto a la lectura. El texto propone su propio análisis: propone, dicho de otro modo, su propia lectura al lector. El microlector opera un simple trabajo de extracción del valor interpretativo de los elementos, que redispone luego confrontando los elementos polisémicos que brotan en las bifurcaciones de la trama. La lectura se hace reescritura: la misma inventio da lugar a una nueva dispositio.

(...)

La microlectura se presenta aquí no solamente como una lectura comentada del texto literario, pero sobretodo como una lectura en un punto, tanto que pinta la imagen misma de ese texto: la reescritura no es más que un cuadro del texto – cuadro gráfico en la medida en que es reflejo del texto primero (visualmente presente en el margen del texto comentador), cuadro temático porque ilumina otra perspectiva sobre el mismo tema. Ofrece también al lector a ver en el texto una imagen particular y precisa del mismo, si bien es susceptible de muchas interpretaciones. (...) Una lectura-reescritura ofrece una versión entre otras del texto: en tanto cuadro del texto, se detiene y fija una imagen particular de lo que el texto ofrece a la lectura.

Así concebida, la microlectura toma forma en la encrucijada de la lectura (recepción) y de la escritura (producción): en lo que sigue queremos estudiar desde más cerca la relación que mantienen para discernir mejor el gesto que tienen en común la lectura y la escritura, y luego, lo que las separa.

La similitud se sitúa en la lentitud que conduce a la inmovilidad de la marcha. Las palabras de la crítica no concurren para avanzar sino para atravesar: no dicen nada, revelan. En el caso de la obra literaria también, las palabras no refieren, significan puramente. Es lo que quiso decir el crítico holandés Paul Rodenko: "la obra de arte lleva al lector a detenerse", en el doble sentido de inmovilizarse y callar. Se abre al silencio, es decir, hace callar las palabras pero abre la mirada haciéndole ver una imagen "otra", inhabitual, particular de la vida. Para explicitar esta concepción de literatura, Paul Rodenko propone la imagen de la cerradura: puede decirse que el arte consiste en una visión del mundo a través del agujero de la cerradura (y ninguna necesidad de ser psicólogo para saber que percibimos las cosas más interesantes, más intensas, a través del orificio de una cerradura en la vida normal. ¿Por qué se apagan las luces en el teatro al levantarse el telón sino para crear una ilusión de cerradura? Es por eso que la vida sobre la escena parece siempre más colorida y más intensa. Es una vida de superficie, no superficial. La pintura llega al mismo efecto por el encuadre, que aísla el cuadro del mundo circundante, y la poesía por....los puntos suspensivos.

La literatura, y el arte en general, ofrecería ante la vista del lector una imagen encuadrada, agrandada y enlentecida, según la técnica del primer plano. El arte sería la forma de mirar la realidad a través del ojo de una cerradura, que propone al ojo que lee una imagen aislada y encuadrada de lo que evoca. La imagen es alienante en la medida en que ofrece un aspecto particular, aislado de lo real deteniendo el flujo de la vida. Como señala Odile Heynders, Paul Rodenko se muestra aquí heredero del formalismo ruso de Schklovski, quien describía los poemas de los cuales los grandes escritores subrayan la concepción de la realidad al alienarla: es la estructura de la obra, la técnica y el estilo de la obra lo que estudia para ver cómo se singulariza lo real y crea un percepción particular del objeto, su visión. La literatura sería una forma de microlectura de lo real, una descripción fragmentada de las cosas, renombrándolas de forma inhabitual, experimentándolas como nuevas y extrañas. Detener la lectura al pasar un elemento del flujo de la vida bajo la lupa: suspender la linealidad de la experiencia para focalizar sobre un detalle y hacerla ver de otro modo. Esta concepción de la literatura trata de explicar lo que quiere hacer ver al lector: si el poema es un orificio de cerradura sobre la vida, la crítica es la llave del poema.

La intensidad del arte supone una suspensión de aquel que mira y calla, así hace el microlector, que calla – ¿qué es la paráfrasis sino la repetición de lo mismo, sino el silencio en palabras? Si el escritor y el microlector comparten esta técnica del primer plano, la detención de la mirada no es, sin embargo, del mismo orden en los dos casos. La microlectura es productora de una imagen del texto pero, como toda reproducción mimética, es irreductible al original. Por allí llegamos a considerar lo que distingue la reescritura de la escritura primera del texto, y retenemos dos elementos importantes: se trata del comentario como glosa y la ruptura de la linealidad.



En primer lugar, la reescritura-escritura del texto es irreductible al original porque forma una práctica metadiscursiva si entendemos por esta, según la definición propuesta por Jiri Sramek, "un discurso comentador de un relato primero", que permite establecer una visión teórica de ese relato primero. La visión teórica sobresaliente se elabora en la aparición a partir de un procedimiento de amplificación : las palabras son retomadas con sus equivalentes y derivadas, de modo que la glosa se aproxima lo máximo al discurso primero. Sin embargo propone otra disposición de los elementos analizados, y es siempre resultado de un segundo tiempo, de un gesto posterior al gesto primero de la escritura. La aproximación máxima entre la glosa y el discurso primero tiene por objetivo pensar en él y mostrar la evidencia, dirigiendo la percepción de forma indirecta al texto. La microlectura no es, por lo tanto, otra cosa que un discurso tautológico del primer texto: tautología que es re-enunciación de lo que la mirada percibe como evidente. Las reflexiones siguientes de Clément Rosset son reveladoras en este aspecto: el secreto de la tautología, lo que podría llamarse su "demonio", en el sentido de embrujamiento y de círculo mágico, es que todo lo que puede decirse de una cosa termina por volver a la sola enunciación, o re-enunciación, de esa misma cosa. A partir de la tautología, las posibilidades de enunciación, de conceptualización, de argumentación y de contra-argumentación existen hasta el infinito; y son naturalmente ellas, no el simple "argumento tautológico" que no argumenta de hecho sobre nada, que constituyen la tela de un pensamiento y una filosofía.

La tautología permite fijar la mirada sobre un discurso que, por su evidencia, no la detendría: la re-enunciación se presenta como la inmovilización de un movimiento, un recomenzar la escritura que es reiteración de lo mismo. Se podría retomar aquí la metáfora del agujero de la cerradura propuesta por Rodenko para aplicarla al trabajo de lectura del microlector. Sin embargo, en tanto tautología, el metadiscurso del microlector es de otro orden que el discurso analizado, porque flexiona la significación primera para su provecho. El microlector no busca más que desprender uno de los sentidos de la obra, aplanando las direcciones posibles que éste difunde. Uno podría preguntarse si esta marcha de la microlectura consiste en una subversión del texto literario, porque privilegiando una lectura, opera también una racionalización del texto, cuyo sentido es fatalmente ideológico, como lo revelan Lecointre et Le Galliot a propósito de todo metadiscurso. La relación entre el texto analizado y el metadiscurso sería una relación de desvío, en la medida en que el sentido primero de las secuencias narrativas está flexionado en una dirección particular, tomada de la temática y el objeto que persigue el analista. El metatexto, queriendo explicar el texto, constituiría así una reducción y una simplificación que va contra la riqueza polisémica de todo texto literario. Para la mayoría de los especialistas del metatexto, la apuesta verdadera del análisis consiste en domesticar el sistema de significación del libro impreso, para captarlo de un cierto modo destruyendo la polisemia. Nuestro ejemplo muestra que la microlectura revela sin embargo no una reducción sino una operación de la polisemia de la obra, para exhibirla y profundizarla. Cada microlectura, en tanto gesto de recepción productiva de la obra, conforma una tentativa de reescritura de la obra que propone una "polisemia segunda" del texto. Que este gesto sea calificado de desvío o de redisposición, comporta siempre una parte de productividad que va de la mano con una fragmentación de la obra. En efecto, el comentario del texto parafraseado no muestra en el relato presentado sino los fragmentos que se integra a su propia temática y, por medio de la cita, la reminiscencia o la reescritura de ciertos pasajes, les da otro sujeto, otro objeto y otro destinatario. Por más fiel que sea, hasta la cita o la copia, una glosa cambia el valor del texto glosado solamente modificando su enunciación. La reescritura, ya se haga por alusión o citación, se apropia del texto original para flexionarlo en su propósito comentador. En el caso de la cita, la escenografía diferente en la que se inserta alcanza para transformar la escritura en reescritura; en el caso de la alusión, la incorporación del elemento original de la alusión en la paráfrasis sirve a la ilustración de una temática diferente de la primera. La metatextualidad es siempre y antes que nada textualidad, el comentario es escritura e instaura un proceso de transformación y de alienación de la obra que hace aparecer o que refleja.

En esa reescritura del texto que forma el microanálisis por la redisposición de los elementos, la linealidad de origen se rompe, es el segundo apartamiento que hace la escritura irreductible a la escritura primera. Es esencialmente la ruptura de la linealidad la que acarrea cada acto de redisposición que hace de la microlectura un cuadro del texto, en el que todos los elementos de la composición son inmovilizados para reenviarse uno al otro como en una estructura espacial. En su sentido retórico de origen, el cuadro significa la figuración por medio de la pintura: dicho de otro modo, permite ver un texto a través de la puesta en escena de los elementos que concurren juntos a fundar la imagen. Asistimos entonces a una redisposición en el sentido de espacialización del texto, y los diferentes sentidos de los sistemas metafóricos originales están conjugados para fundar juntos una imagen inmóvil, que funciona como una nueva metáfora interpretativa del texto.

La microlectura, en suma, es una actividad de encuentro entre la lectura y la escritura, en la medida en que las dos inmovilizan y aíslan los elementos que perciben. El texto es propuesto a la mirada curiosa del lector como una imagen vista a través del orificio de la cerradura, que suspende la linealidad del texto para amplificar los elementos recibidos. El cuadro que ofrece para mirar el metatexto es una recreación propia del texto original para presentar una imagen particular de él y fijarla. Por medio de ese retomar, desvío de sentido, y la redisposición de elementos comentados, esta imagen es una alienación del texto de origen que está recreado en el seno mismo de las innumerables relaciones del que es portador.



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